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jueves, 23 de diciembre de 2010

Inundación de Sitiecito , Sagua La Grande 1948

La inundación del 48 fue la última de las grandes crecidas del río que afectaron a Sagua La Grande. He aquí una ventada en el tiempo para ver a nuestro barrio sureño "Sitiecito" y como fue afectado.














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viernes, 1 de enero de 2010

Inundación del río Sagua en1906...continuación

Continuación de la narración "in situ" de Don Antonio Miguel Alcover (16 y 17 de Junio de 1906)

EL PROBLEMA SUPREMO

El problema supremo que el Gobierno tiene ante la vista, no es ni puede ser otro que el de salvar a la Villa de Sagua La Grande, de futuras inundaciones.

Y como quiera que en otros parajes y lugares del territorio nacional han ocurrido al propio tiempo inundaciones causadas por el desbordamiento de riachuelos, arroyos y cañadas, como consecuencia del generalizado temporal de aguas, bueno es que haga sobre este aspecto de los acontecimientos una pequeña digresión con el fin de evitar confusiones que no deben existir.

Llaman también la atención de todos las inundaciones del Roque y del Aguacate y de otros pueblos más o menos agrícolas. Pues bien, empecemos por convenir en que dignos son sus pobladores de los mismos privilegios de salvación que para Sagua pedimos los que aquí vivimos; pero ni el Roque, ni el Aguacate; ni el Aguacate, ni el Roque, son Sagua la Grande, ni se encuentran en las particulares condiciones de la Villa del Undoso. Y voy a entrar en explicaciones.

Sagua La Grande es sin disputa, una de las poblaciones más importantes, ricas, comerciales y cultas de Cuba. Su urbanización y sus otras muchas circunstancias de ciudad, la colocan con legitimidad en el concierto de las poblaciones importantes del país y acaso de América. Hay aquí un constante y fuerte comercio de importación y exportación; grandes fábricas industriales; talleres inmensos que dan trabajo a un numeroso pueblo obrero; muchos capitales invertidos; empresas que necesitan garantías; como dos mil fincas urbanas entre las cuales pueden contarse magníficos y valiosos edificios públicos y particulares; muchas casas de comercio en las cuales tienen depositados cuantiosos intereses otras del extranjero y de plazas fuertes como La Habana.

Hay una población regulada con la existencia proporcional de clases sociales y profesionales. En la escala relativa cuenta Sagua La Grande con los centros e instituciones que dan carácter a las formaciones urbanas que merecen el título de ciudad. Los intereses que representa dentro del casco urbano, sin tener en cuenta lo rústico, ascienden en su totalidad a algunos millones de pesos y, por último, para no cansar al lector con la exposición de circunstancias, congréganse aquí el recinto urbano y en forma de vecindario, muy cerca de 20 000 almas.

¿Puede considerarse lo mismo el Roque? ¿Llega a esta altura el Aguacate? Nó. Merecen sí, tanto el Roque como el Aguacate, como todo pueblo cualquiera, que no se les relegue al abandono, por el hecho de que sean pueblos pequeños cuya vitalidad solo dependa de la vida agrícola de sus contornos. Deber de los gobiernos es mirar por la salud y por los intereses de esos habitantes, tan dignos como los de los grandes centros y por tanto derecho como el que más. Pero, no será dificil convenir en que allí en donde el peligro es mayor, y los daños son más grandes, y más pobladores lo exigen, y los intereses son más firmes y arraigados ; allí hay que llevar primero la acción eficaz del poder.

Pero hay más argumentos todavía que abonan la prioridad de Sagua para que el Gobierno se ocupe con preferencia de la suerte de este pueblo. El segundo río de Cuba, por su extensión y por su caudal, es el río Sagua La Grande, que nace en la Sierra del Escambray, y en su curso de 35 leguas recoge las aguas de varios afluentes, pero particularmente de dos que por sí solos son tan caudalosos como un río cualquiera de los muchos tenidos por importantes en el sistema
hidrográfico de Cubay desembocan en el mar. Lo que ocurre desgraciadamente en el Roque y en el Aguacate, y en Jagüey Grande, y en San Nicolás, son verdaderas inundaciones, desde luego perjudiciales y trastornadoras. Pero eso no es lo que en Sagua pasa. Aquí está el punto de confusión y el que es preciso a todo trance distinguir.

En Sagua, cuando su río se sale de cause, hay un cataclismo en toda forma y con todas sus terribles consecuencias. El inmensísimo caudal de aguas que recoge en las treinta y cinco leguas de su curso, a manera de aluvión terrible, se abalanza sobre la población en forma de torrente impetuoso y horrible que arranca casas enteras y es capaz de ejercer su prepotentísima fuerza sobre un puente de hierro de ciento ochenta toneladas de peso y que presenta pocas superficies de resistencia al empuje vertiginoso de las aguas. Cada calle de la población es un torrente prodigioso y aterrador. Esto, en que Sagua se vió en el primer tercio del siglo pasado; que se repitió con espanto y desolación el 24 de Septiembre de 1894 y que ahora, en los días tristísimos y fatídicos del 16 y el 17 de Junio se presenció de nuevo no es una simple inundación con sus lamentables consecuencias. Nó. Es la sentencia de muerte de un pueblo grande, rico, próspero, comercial, industrial, agrícola y que ya tiene caracteres propios en el concierto de los pueblos del Mundo.

Urge e interesa, pues que no se confundan los términos del problema general de desagüe y salvación de pueblos , que el gobierno tiene sobre el tapete, o que, si no lo tiene todavía, debe ponerlo sin pérdida de tiempo, Sagua La Grande es, como antes dije, una población de las más importantes y cultas de la República. Sagua La Grande, aun suponiendo que es diez leguas de circunferencia no tuviera un solo sitio de labor, una mísera huerta, vivirá siempre sin esas fuentes agrícolas de riqueza; y vivirá, digo, porque es plaza comercial con vida propia, porque es un centro de transacciones; porque es un mercado consumidor y abastecedor; porque es un puerto para las facilidades civilizantes del tráfico internacional.

Pero Sagua La Grande no podrá vivir; los capitales se retraerán mucho; sus habitantes que puedan cambiarán la residencia a otros puntos; la despoblación será inminente y la propiedad se srruinará, si el Gobierno – el Congreso y el Ejecutivo – no procuran dar el valor genuíno que tiene al problema capitalísimo de la salvación que se impetra e invierte aquí los dineros que sean menester hasta lograr que el río deje de ser una amenaza, como no lo es el Sena para París, el Danubio para Budapest, el Támesi para Londres, el Tiber para Roma, el Guadalquivir para Sevilla, y en una frase, como no lo son todos los ríos para todas las ciudades en que los Gobiernos respectivos hayan sabido defender y salvar la salud y los intereses de sus administrados.

La intranquilidad y la desconfianza, toman cuerpo. Por doquiera se oye decir de familias que emigran, de casas comerciales que entran en el período de liquidación. Yo sé de una casa de comercio por la que se ofrecían días antes de la catástrofe siete mil pesos, y el dueño hoy la da en tres mil con tal de poder marcharse de Sagua. Esto es horrible y desconsolador, y es tanto más repugnante el tener que decirlo y que en efecto se vea suceder, cuando nos damos cuenta de que el Tesoro Nacional al decir de los balances que la Secretaría de Hacienda publica periódicamente, se encuentra repleto de oro. No se deje perecer a un pueblo por la tonta vanidad de presentar ante el mundo exterior unas arcas repletas.

Pero todavía hay más recriminaciones, si cabe justificadas y que andan de boca en boca. El pueblo; y en ese concepto entiéndase que no comprendo, al uso de los politiquillos y politicastros, a la masa ignora que se lleva y trae cual manada de corderos para fines puramente egoístas y bastardos, sino al conjunto de los distintos elementos que constituyen una sociedad humana; el pueblo, repito, en sus expresiones individuales y colectivas más caracterizadas, es decir, del capital, del trabajo y del talento, hoy piensa unicamente en la necesidad de que el Gobierno no haga con Sagua lo que ha hecho con la Vuelta Abajo con motivo de la pérdida de la cosecha de tabaco. Ese pueblo observa que en las Cámaras se votan créditos fabulosos para acueductos en ciudades favorecidas por la diligencia y trastienda de sus políticos representantes, siendo así que se trata de obras de carácter municipal; que se conceden créditos inmensos para tal o cual edificio público, también en poblaciones privilegiadas con hijos que forman parte del grupo afortunado de los que dirigen la cosa pública; vé ese pueblo que no pasa una semana sin que a fulanito, a mengano, o a esperancejo se le den 5 ó 10 ó 20 ó 100 mil pesos para que los invierta en lo que le de la gana y sin que preocupe el hecho de que haya cobrado ya antes sus servicios con creces, o de que la misma circunstancia que le abona el favor recibido, la tengan muchos otros en escala más humilde. "Hay dinero para todo esto – dice el pueblo –pero falta siempre o se escatima cuando se trata de las grandes calamidades." Y hétenos con que se empieza a desconfiar de la acción del Gobierno, al que se acusa de apático y de indiferente antes los grandes males del país. Y creo en verdad que fundándose el pueblo en las enseñanzas de la historia, no va descaminado. Al siguiente día de la horrorosa inundación de 1894, el Gobierno de madrid puso a la disposición del de Cuba para atender a las primeras necesidades, la suma de $ 50 000; y los recursos de toda índole y de todas partes, llovían. Pues bien; el pueblo de Sagua La Grande no ha visto todavía al Gobierno de la República actuando.

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Sagua La Grande, 22 de Junio de 1906.

Señor Director de "El Mundo" – Habana.

La inundación ha sido suficiente a producir pavor en el ánimo más templado y lo bastante arrolladora para causar los mayores estragos; pero si valor hubo para soportar con estóica abnegación la acometida furiosa del desencadenado elemento, y las medidas que con prelación se adoptaron hicieron menos sensibles las pérdidas generales, eelo ni con mucho quiere decir que se abandone el problema capital e ineludible de hacer, sobre la marcha, los estadios y obras consiguientes a evitar futuras hecatombes.

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sábado, 18 de julio de 2009

El ciclón del 33 según otro testigo

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El Ciclón del 33
Cronista: Jorge Rodríguez Peñaranda
Contado en 1978

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En mi casa, cuando era niño, mis padres y mis tías me hablaron muchas veces del ciclón de 1888. Los de su generación guardaban amargos recuerdos de los estragos causados por aquel huracán que afectó a toda la comarca sagüera y causó graves daños en la propia Sagua y también en la Isabela. Aquellos relatos databan por entonces de casi cincuenta años y la pesadilla de un ciclón era algo tan remoto que en Sagua se pensaba que jamás volvería a suceder algo similar. Y así, por no prestar temprana atención a los avisos del Observatorio del Colegio de Belén, la población de Sagua y de la Isabela fue tomada por sorpresa por el violento temporal que azotaba a toda nuestra zona en la madrugada de día 1ro de Septiembre de 1933.

Desde hacía días se había ido formando una de esas tormentas tropicales que son frecuentes en el Mar Caribe desde Junio hasta Noviembre. A pesar de la limitación de los medios de comunicación masiva de la época –cuando apenas se iniciaba la radio comercial y eran escasos los receptores en uso- la prensa diaria publicaba los boletines que emitían el P. Gutiérrez Lanza desde Belén y el ingeniero Millás desde su atalaya en la colina de la Cabaña.

La víspera del infausto día, los periódicos informaban que el ciclón se hallaba en las cercanías de las Islas Turcas y no representaba peligro inmediato para Cuba. Pero aquel meteoro, cual valeidosa damisela, súbitamente cambió su derrotero, inclinándose hacia el sudoeste. En la tarde del 31 de Agosto se recibieron en Sagua y en la Isabela avisos de inminente peligro emanados de los dos observatorios. “De mantener su rumbo actual-decían aquellos boletines-el ciclón podría afectar esta noche las costa norte de las provincias de Camagüey y Santa Clara”.

Recuerdo que mi padre, al regresar a casa aquella noche a las siete procedente de la Isabela, nos informó que Heriberto Manero que suministraba datos del tiempo como observador al Ing. Millás, había recibido un telegrama avisando sobre la creciente amenaza del huracán e igual había sucedido en el Colegio de los Jesuítas donde también se recibiera un mensaje urgente del Padre Gutiérrez Lanza. Mi padre, a la sazón administrador de la firma García Beltrán en la Isabela logró proteger aquella tarde dentro de la desembocadura del río una parte de la flota transportadora de azúcar –lanchas, patanas y remolcadores-salvándola así, como se vió después, de una segura destrucción. Pero en Sagua y en la Isabela pocos prestaron atención a aquellos conminatorios avisos. En Cayo Cristo muchas familias veraneantes hicieron caso omiso de la advertencia y sólo unos pocos regresaron a tierra firme aquella tarde.

El tiempo, por otra parte, estaba extrañamente tranquilo y bonancible en las horas tempranas de aquella noche de luna llena y nada presagiaba la inminencia del peligro. Pero a medida que nos fuimos adentrando en la noche, las condiciones del tiempo se fueron deteriorando dramaticamente. Cundió entonces el pánico y las autoridades organizaron con urgencia trenes de auxilio para evacuar hacia Sagua la población de la Isabela, que entonces contaba con unos 4 o 5 mil pobladores. En la mente de todos estaba muy presente la catástrofe provocada por el ciclón que había arrasado a Santa Cruz del Sur en Camagüey escasamente un año antes.

Por la madrugada, cuando por todas partes se escuchaba el insesante claveteo de los que así aseguraban puertas y ventanas, ya el huracán azotaba con furia a Sagua y la Isabela. Tan intensa era la fuerza del ciclón cuando lograron llegar a Sagua los últimos trenes de auxilio, consistentes en su totalidad de casillas de carga, que la mayoría de los evacuados tuvo que permanecer refugiada en la propia estación de ferrocarril y apenas unos pocos lograron aventurarse hasta el Hotel Telégrafo, a una cuadra de distancia. Otro grupo, más osado, logró refugiarse en el macizo edificio de la Parroquia. Ya no había fluído eléctrico y la furia de los elementos desencadenados se ensañaba con Sagua.

En nuestra casa de Carmen Ribalta volaron tempranamente las tejas del techo y comenzó a llover dentro tanto como afuera. La noche se fue llenando con el horrísono alular del viento que soplaba ferozmente y con el estruendo de los destrozos. Avanzando la madrugada, bajo lo más intenso del huracán, los refugiados en la estación y en el Telégrafo contemplaron horrorizados el devastador incendio que redujera a cenizas “El Brazo Fuerte”, el tostadero de café de Morón y Cía, situado al otro lado de la calle, en la esquina de Martí y Calixto García.

Con la llegada de los primeros albores del día, la intensidad del vientopareció amainar: era el paso del vórticeque según se pudo determinar más tarde, cruzó por la bahía de la Isabela, entre le poblado y Cayo Cristo. Después de las 6 de la mañana, el viento fue cediendo definitivamente y el ciclón se fue alejando de Sagua y sus alrededores. Poco a poco comenzamos a asomarnos a la calle y mi padre, angustiado, salió en busca de noticias sobre las familias de sus cuatro hermanos, residentes en la Isabela, a quienes algunos conocidos que acertaron a pasar, informaban haber visto en los trenes de auxilio en la estación o en el Telégrafo.

Y aquella mañana, mientras la lluvia no cesaba de caer como secuela del paso del ciclón, las calles de Sagua obstruídas por doquier por los árboles desarraigados, el tendido telefónico y del fuído eléctrico en el suelo y los montones de escombros causados poe el azote del temporal, se fueron poblando con los rostros angustiados de los isabelinos que buscaban algún refugio, sin noticias sobre la suerte corrida por el marítimo barrio. En nuestra casa hallaron acogida decenas de familiares, amigos y conocidos de mi padre a quienes fue preciso acomodar como se pudo, mientras se intentaba alimentarlos lo mejor posible.

Y surgió en aquella pobre gente, la urgente necesidad de saber que había sucedido en la Isabela, pues eran muchos los rumores, todos desoladores. Finalmente en la mañana del día 2, mi padre y mi tío Juan en unión de otros familiares y amigos, decidieron viajar a la Isabela por carrtera, que a pesar de los obstáculos, era de momento la única vía transitable. Con mil trabajos y tras largas horas de azaroso viaje lograron llegar un poco más allá de las salinas de Reguera y dejando allí el automóvil, continuaron andando. Ya en el pueblo, a partir de las Carboneras, el avance se les hizo aún más penoso, trepando sobre verdaderas montañas de escombros que aparentemente era todo cuanto quedaba de la Isabela. Y así atravesaron el pueblo y llegaron hasta la Punta.

La Isabela había sufrido duramente. Casi todas las casas y almacenes construídos sobre el mar entre la Aduana y el Hotel Miramar habían desaparecido. La enorme goleta “La Rafaela” había destrozado el puente de acceso a la Aduana y reposaba casi en el centro del parque, al otro lado de la Carrilera. La Escuela, el Teatro Capitolio y el Círculo Isabelino, situados frente al parque también habían desaparecido. En los almacenes de azúcar la destrucción era casi total: los pocos que habían quedado en pie habían perdido su techumbre y las contínuas lluvias empapaban despiadadamente el azúcar allí almacenada. La flota pesquera y la de transporte de azúcar había sido virtualmente arrasada por el mar. Un enorme barco de carga de bandera extranjera, al romper sus amarras había ido a encallar en Cayo Levisa, en el centro de la bahía. Y es que el ras de mar que provocara el paso del ciclón había hecho subir el nivel del agua a una altura increíble, como se pudo determinar por las huellas que dejara en su subida.

En el centro de Sagua los daños materiales no fueron tan violentos debido a la mayor solidez de las construcciones y a la contigüidad de las casas que les permitió defenderse mejor del vendaval. En el Parque de la Libertad habían caído a tierra dos de sus esbeltas palmas reales y el enorme mamoncillo del pario del Liceo, arrancado de raíz, reposaba sobre la calle Carmen Ribalta. Los centrales azucareros de la jurisdicción –Resulta, Santa Teresa, Corazón de Jesús, Resolución-habían sufrido cuantiosos daños. El Teatro Principal había quedado sin techo, pero los daños eran más graves entre las construcciones más humildes de Villa Alegre, Coco Solo y el Barrio San Juan. Uno de los edificios más afectados fue la iglesia del Colegio de los Jesuítas, que al perder también su techumbre, redujo a escombros el interior del templo, aunque los altares con sus imágenes se salvaron con escasos daños.

En los días subsiguientes se fue retornando gradualmente a la normalidad y comenzaron a llegar a la Isabela los cadáveres de las víctimas de Cayo Cristo que pudieron ser recuperados. A la mayoría se los llevó el mar para siempre y apenas un puñado logró sobrevivir milagrosamente aquella noche de horror. Años más tarde la comunidad sagüera quizo recordar la tragedia de Cayo Cristo y se erigió sobre la roca desolada una imponente cruz de piedra que recogió los nombres de los treinta y cuatro seres humanos que la muerte se llevó aquella noche de trágica recordación.

A los pocos días del paso del ciclón, cuando ya los isabelinos habían regresado a los que quedaba de sus hogares, una tarde surgió en Sagua un rumor que como reguero de pólvora se extendió por la población: ¡se rompió el dique! Durante horas la población despavorida corrió a buscar refugio en los edificios altos, ante el temor de que las aguas del Undoso, sin el freno del dique que reprimía sus acrecidos impulsos, inundara las calles del pueblo. Por fortuna, aquello no pasó de ser una falsa alarma y aquella noche todos dormimos tranquilos.

Por aquellos días y como consecuencia del paso del ciclón, Sagua y la Isabela recibieron la visita del Presidente Carlos Manuel de Céspedes que había asumido la máxima magistratura de la nación apenas dos semanas antes, a la caída del régimen de Machado. Estando Céspedes en Sagua se produjo en el Campamento de Columbia el día 4 de Septiembre el golpe de los sargentos que derrocó su gobierno y surgió un hombre, Fulgencio Batista, cuya sombra habría de proyectarse sobre la vida cubana por más de 25 años.

De la violencia e intensidad de aquel huracán quedó constancia en la cinta barométrica del equipo instalado en el Colegio de los Jesuítas que llegó a bajar hasta 711 milímetros. Es de presumir que en la Isabela bajara aún más. Así el ciclón del 33, que también afectó a Caibarién a Cárdenas y toda la costa septentrional de Cuba comprendida entre las ciudades, ha pasado a la historia como uno de los tres temporales de mayor intensidad que afectaron a Cuba hasta aquella fecha.

Por la desolación que dejara a su paso, por los enormes daños materiales que causara, por la irreparable pérdida de vidas que produjo en Cayo Cristo y por haber estado relacionado con un suceso de extraordinaria trascendencia en la historia de Cuba contemporánea, el ciclón de 1933 llena un capítulo triste en la propia historia de Sagua. En un acontecimiento que jamá olvidaremos los que aquella madrugada nos vimos expuestos a la furia de los elementos desenfrenados.

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