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jueves, 22 de abril de 2010

Continuación de la inundación de Sagua La Grande en 1906

Narrado por Antonio M. Alcover minuto tras minuto
durante los días 16 y 17 de Junio de 1906.

"ELOGIO DEL ALCALDE, GRATITUD DE SAGUA"

"De todo lo expuesto y de cuanto más se calla, pero que se vió, resulta que el Alcalde Municipal de Sagua La Grande, señor Carlos Alfert, hijo de esta Villa, ha demostrado en ocasión tan triste y suprema de prueba, que es digno del cargo que viene desempeñando con carácter de interino; y el pueblo sagüero, generoso y agradecido, tendrá que reconocer como buenos los importantes servicios que el señor Alfert ha prestado en su caráter de celosa autoridad, sin reservas mentales, sin reticencias, sin insidiosidades deshonestas, sin preocupaciones mezquinas, guiado solo por el cariño a su pueblo, al pueblo en que nació, y por sentimientos de humanidad."

"No quiero creer, ni mucho menos, que haya sido mi primera correspondencia acerca del triste suceso de Sagua, publicado con preferencia, digna también de gratitud, por El Mundo del día 21 de Junio que acaba de pasar, la que modo siquiera indirecto y moral pudiera haber ejercido alguna influencia ligera en el ánimo de los políticos que en La Habana están en condiciones de hacer mucho por la salvación de Sagua, ya que esa correspondencia, confeccionada con toda la conciencia del testigo y como complemento de la precursora información telegráfica, fue de las que, con todos los más espeluznantes antecedentes y detalles; dio a conocer en la Capital de la República y a la faz del país, la magnitud de la catástrofe, el sentir de este pueblo y la urgencia de las medidas que se demandan. "


"No quiero, no, creer-repito-que esos telegramas y esas correspondencias hubieran influído en nada; pero nadie negará que algunas indicaciones en ellas hecha, no parece que hayan sido inútiles. Los ofrecimientos cumplidos, del Senador Sr. Emilio Bacardí, y del Gobernador Civil General José B. Alemán, no se hicieron esperar, como tampoco las gestiones eficaces y activas de los Representantes Sres. Manuel Ajuria, Justo Carrillo, Rafael Martínez Ortiz, Marco A. Longa, José Luis Robau, Alejandro Neyra, y Antonio Torrado, a cuya acción común se debe el éxito tan lisonjero alcanzado de concedérsele a Sagua $ 100.000 sola para la reparación de los daños sufridos sin perjuicio de que se atienda con urgencia a la obra del río."

"Se comenta también con inequívocas muestras de gratitud, la excelente disposición en que se colocó, al decir de las informaciones que se reciben, el Honorable Presidente de la República Sr. Estrada Palma, así como sus Secretarios de Gobernación y Obras Públicas, generales Rius Rivera y Montalvo, respectivamente."

"Algunos elementos de esta sociedad, de todas las clases y matices políticos, movidos por un sentimiento de gratitud hacia el Gobierno central, hacia los Representantes y Senadores, hacia el General Alemán, hacia el Alcalde Municipal y, en una frase, hacia todos los que se portaron como buenos con motivo de esta catástrofe que acaba de pasar Sagua, se dispusieron a efectuar una manifestación de gracias; pero fue suspendida para evitar choques. Aquí nunca falta un perverso que dé al traste con toda idea noble. Las acciones generosas han de encontrar siempre en alguna alma mezquina, quien las tergiverse, las involucre, las falsée; nada se respeta ni en los grandes momentos. Y no es el pueblo el culpable; es que hay algo pernicioso que lo corroe."


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miércoles, 10 de febrero de 2010

La obra del río (inundación de Sagua La Grande 1906)

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...Continuación de la narración de Alcover en 1906...

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La obra de incuestionable necesidad y urgencia, es la del desagüe del río. Esta es perentoria, inminente, urgentísima, palpitante. La vida de Sagua la demanda a gritos estentóreos. Encuéntrase hoy este pueblo en el estado de esos enfermos graves que requieren de la inmediata intervención quirúrgica; si así no se hace, muerenirremisiblemente. Si enseguida no se procede a estudiar el problema del desagüe y la obra no se acomete con decisión y prontitud, podremos decir que la República ha dictado su fallo inexorable:

“Delenda est Sagua”

Y destruída sea por el abandono en que se deja, a merced de la furia del río que la baña.

Federico M. Alcover, ingeniero civil, de la Escuela de troy (Albany, N.Y.) y tío del que suscribe, -fallecido el pasado año – era un conocedor inteligente de toda la comarca que riega el Sagua temible. Como cuarenta años hacía que venía midiendo terrenos por la jurisdicción y conocía el río al dedillo, como suele decirse. Muchas veces, sin que jamás lo hubiera visto variar de criterio, me dijo: - “No me diera Dios trabajo más difícil de vecer en la vida, que llevar a cabo esa obra que llaman tan romana, de poner el río en condiciones de que, por los siglos no ofrezca peligros para Sagua.”

Y el ingeniero Alcover decía: “hacer un desagüe por medio de una zanja o canal en Sitiecito o antes de llegar a esta Villa, buscando el consiguiente derrame de las aguas por un plano inclinado que las conduzca a la costa del Este; después, ahorrar millas entre Sagua y la boca del río, es decir, ofrecer rápida y franca salida, rompiendo los tornos y destruyendo las pasas. Si se quiere más, una zanja ancha entre el demolido ingenio “Pastora,” (situado a la derecha del río, entre Sagua y la desembocadura) y la playa del Uvero, en su mayor parte terreno cenagoso, y se habrá conseguido librar a Sagua de toda posibilidad de inundaciones.

Esa, u otra, es la obra que hay que realizar, cueste lo que cueste, porque así lo demanda uno de los pueblos más cultos, más conocidos, más bonitos y acaso el más castigado de Cuba.

No hay que pensar en canalización ni en cosa parecida. La importancia comercial de Sagua no es suficiente a demandar la inversión de una porción de millones de pesos, que a tanto ascendería la obra en que piensan muchos ilusos. Sublime sería que se hiciera; pero, gracias que conmovamos a nuestros legisladores a fin de que nos dediquen un millón para lo que necesitamos, o un poco más si fuese menester. Nada de más exigiríamos. En estos críticos momentos estamos viedo que solo para dar agua a Camagüey se concederán $ 600, 000 y por ahí otro tanto se concedió antes a Santiago de Cuba para obra análoga. Acaso el puerto de Cárdenas, sin resultado positivo alguno al fin, cueste al Tesoro nacional algunas millonadas y no costará menos el paseo del Malecón en esa Capital. En buena hora sea todo y para todos; pero de ahí que Sagua, en estos momentos necesita de mucho menos de lo que suman esos beneficios citados. No es cuerdo,ni legítimo, ni patriótico discutirle el derecho a la vida y la tranquilidad a un pueblo que honra como tal, desde el punto de vista urbano y del comercial, a la nación cubana.



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... Narrado minuto a minuto por Don Antonio Alcover durante la inundación de Sagua la Grande el 16 y 17 de Junio de 1906...
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sábado, 18 de julio de 2009

El ciclón del 33 según otro testigo

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El Ciclón del 33
Cronista: Jorge Rodríguez Peñaranda
Contado en 1978

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En mi casa, cuando era niño, mis padres y mis tías me hablaron muchas veces del ciclón de 1888. Los de su generación guardaban amargos recuerdos de los estragos causados por aquel huracán que afectó a toda la comarca sagüera y causó graves daños en la propia Sagua y también en la Isabela. Aquellos relatos databan por entonces de casi cincuenta años y la pesadilla de un ciclón era algo tan remoto que en Sagua se pensaba que jamás volvería a suceder algo similar. Y así, por no prestar temprana atención a los avisos del Observatorio del Colegio de Belén, la población de Sagua y de la Isabela fue tomada por sorpresa por el violento temporal que azotaba a toda nuestra zona en la madrugada de día 1ro de Septiembre de 1933.

Desde hacía días se había ido formando una de esas tormentas tropicales que son frecuentes en el Mar Caribe desde Junio hasta Noviembre. A pesar de la limitación de los medios de comunicación masiva de la época –cuando apenas se iniciaba la radio comercial y eran escasos los receptores en uso- la prensa diaria publicaba los boletines que emitían el P. Gutiérrez Lanza desde Belén y el ingeniero Millás desde su atalaya en la colina de la Cabaña.

La víspera del infausto día, los periódicos informaban que el ciclón se hallaba en las cercanías de las Islas Turcas y no representaba peligro inmediato para Cuba. Pero aquel meteoro, cual valeidosa damisela, súbitamente cambió su derrotero, inclinándose hacia el sudoeste. En la tarde del 31 de Agosto se recibieron en Sagua y en la Isabela avisos de inminente peligro emanados de los dos observatorios. “De mantener su rumbo actual-decían aquellos boletines-el ciclón podría afectar esta noche las costa norte de las provincias de Camagüey y Santa Clara”.

Recuerdo que mi padre, al regresar a casa aquella noche a las siete procedente de la Isabela, nos informó que Heriberto Manero que suministraba datos del tiempo como observador al Ing. Millás, había recibido un telegrama avisando sobre la creciente amenaza del huracán e igual había sucedido en el Colegio de los Jesuítas donde también se recibiera un mensaje urgente del Padre Gutiérrez Lanza. Mi padre, a la sazón administrador de la firma García Beltrán en la Isabela logró proteger aquella tarde dentro de la desembocadura del río una parte de la flota transportadora de azúcar –lanchas, patanas y remolcadores-salvándola así, como se vió después, de una segura destrucción. Pero en Sagua y en la Isabela pocos prestaron atención a aquellos conminatorios avisos. En Cayo Cristo muchas familias veraneantes hicieron caso omiso de la advertencia y sólo unos pocos regresaron a tierra firme aquella tarde.

El tiempo, por otra parte, estaba extrañamente tranquilo y bonancible en las horas tempranas de aquella noche de luna llena y nada presagiaba la inminencia del peligro. Pero a medida que nos fuimos adentrando en la noche, las condiciones del tiempo se fueron deteriorando dramaticamente. Cundió entonces el pánico y las autoridades organizaron con urgencia trenes de auxilio para evacuar hacia Sagua la población de la Isabela, que entonces contaba con unos 4 o 5 mil pobladores. En la mente de todos estaba muy presente la catástrofe provocada por el ciclón que había arrasado a Santa Cruz del Sur en Camagüey escasamente un año antes.

Por la madrugada, cuando por todas partes se escuchaba el insesante claveteo de los que así aseguraban puertas y ventanas, ya el huracán azotaba con furia a Sagua y la Isabela. Tan intensa era la fuerza del ciclón cuando lograron llegar a Sagua los últimos trenes de auxilio, consistentes en su totalidad de casillas de carga, que la mayoría de los evacuados tuvo que permanecer refugiada en la propia estación de ferrocarril y apenas unos pocos lograron aventurarse hasta el Hotel Telégrafo, a una cuadra de distancia. Otro grupo, más osado, logró refugiarse en el macizo edificio de la Parroquia. Ya no había fluído eléctrico y la furia de los elementos desencadenados se ensañaba con Sagua.

En nuestra casa de Carmen Ribalta volaron tempranamente las tejas del techo y comenzó a llover dentro tanto como afuera. La noche se fue llenando con el horrísono alular del viento que soplaba ferozmente y con el estruendo de los destrozos. Avanzando la madrugada, bajo lo más intenso del huracán, los refugiados en la estación y en el Telégrafo contemplaron horrorizados el devastador incendio que redujera a cenizas “El Brazo Fuerte”, el tostadero de café de Morón y Cía, situado al otro lado de la calle, en la esquina de Martí y Calixto García.

Con la llegada de los primeros albores del día, la intensidad del vientopareció amainar: era el paso del vórticeque según se pudo determinar más tarde, cruzó por la bahía de la Isabela, entre le poblado y Cayo Cristo. Después de las 6 de la mañana, el viento fue cediendo definitivamente y el ciclón se fue alejando de Sagua y sus alrededores. Poco a poco comenzamos a asomarnos a la calle y mi padre, angustiado, salió en busca de noticias sobre las familias de sus cuatro hermanos, residentes en la Isabela, a quienes algunos conocidos que acertaron a pasar, informaban haber visto en los trenes de auxilio en la estación o en el Telégrafo.

Y aquella mañana, mientras la lluvia no cesaba de caer como secuela del paso del ciclón, las calles de Sagua obstruídas por doquier por los árboles desarraigados, el tendido telefónico y del fuído eléctrico en el suelo y los montones de escombros causados poe el azote del temporal, se fueron poblando con los rostros angustiados de los isabelinos que buscaban algún refugio, sin noticias sobre la suerte corrida por el marítimo barrio. En nuestra casa hallaron acogida decenas de familiares, amigos y conocidos de mi padre a quienes fue preciso acomodar como se pudo, mientras se intentaba alimentarlos lo mejor posible.

Y surgió en aquella pobre gente, la urgente necesidad de saber que había sucedido en la Isabela, pues eran muchos los rumores, todos desoladores. Finalmente en la mañana del día 2, mi padre y mi tío Juan en unión de otros familiares y amigos, decidieron viajar a la Isabela por carrtera, que a pesar de los obstáculos, era de momento la única vía transitable. Con mil trabajos y tras largas horas de azaroso viaje lograron llegar un poco más allá de las salinas de Reguera y dejando allí el automóvil, continuaron andando. Ya en el pueblo, a partir de las Carboneras, el avance se les hizo aún más penoso, trepando sobre verdaderas montañas de escombros que aparentemente era todo cuanto quedaba de la Isabela. Y así atravesaron el pueblo y llegaron hasta la Punta.

La Isabela había sufrido duramente. Casi todas las casas y almacenes construídos sobre el mar entre la Aduana y el Hotel Miramar habían desaparecido. La enorme goleta “La Rafaela” había destrozado el puente de acceso a la Aduana y reposaba casi en el centro del parque, al otro lado de la Carrilera. La Escuela, el Teatro Capitolio y el Círculo Isabelino, situados frente al parque también habían desaparecido. En los almacenes de azúcar la destrucción era casi total: los pocos que habían quedado en pie habían perdido su techumbre y las contínuas lluvias empapaban despiadadamente el azúcar allí almacenada. La flota pesquera y la de transporte de azúcar había sido virtualmente arrasada por el mar. Un enorme barco de carga de bandera extranjera, al romper sus amarras había ido a encallar en Cayo Levisa, en el centro de la bahía. Y es que el ras de mar que provocara el paso del ciclón había hecho subir el nivel del agua a una altura increíble, como se pudo determinar por las huellas que dejara en su subida.

En el centro de Sagua los daños materiales no fueron tan violentos debido a la mayor solidez de las construcciones y a la contigüidad de las casas que les permitió defenderse mejor del vendaval. En el Parque de la Libertad habían caído a tierra dos de sus esbeltas palmas reales y el enorme mamoncillo del pario del Liceo, arrancado de raíz, reposaba sobre la calle Carmen Ribalta. Los centrales azucareros de la jurisdicción –Resulta, Santa Teresa, Corazón de Jesús, Resolución-habían sufrido cuantiosos daños. El Teatro Principal había quedado sin techo, pero los daños eran más graves entre las construcciones más humildes de Villa Alegre, Coco Solo y el Barrio San Juan. Uno de los edificios más afectados fue la iglesia del Colegio de los Jesuítas, que al perder también su techumbre, redujo a escombros el interior del templo, aunque los altares con sus imágenes se salvaron con escasos daños.

En los días subsiguientes se fue retornando gradualmente a la normalidad y comenzaron a llegar a la Isabela los cadáveres de las víctimas de Cayo Cristo que pudieron ser recuperados. A la mayoría se los llevó el mar para siempre y apenas un puñado logró sobrevivir milagrosamente aquella noche de horror. Años más tarde la comunidad sagüera quizo recordar la tragedia de Cayo Cristo y se erigió sobre la roca desolada una imponente cruz de piedra que recogió los nombres de los treinta y cuatro seres humanos que la muerte se llevó aquella noche de trágica recordación.

A los pocos días del paso del ciclón, cuando ya los isabelinos habían regresado a los que quedaba de sus hogares, una tarde surgió en Sagua un rumor que como reguero de pólvora se extendió por la población: ¡se rompió el dique! Durante horas la población despavorida corrió a buscar refugio en los edificios altos, ante el temor de que las aguas del Undoso, sin el freno del dique que reprimía sus acrecidos impulsos, inundara las calles del pueblo. Por fortuna, aquello no pasó de ser una falsa alarma y aquella noche todos dormimos tranquilos.

Por aquellos días y como consecuencia del paso del ciclón, Sagua y la Isabela recibieron la visita del Presidente Carlos Manuel de Céspedes que había asumido la máxima magistratura de la nación apenas dos semanas antes, a la caída del régimen de Machado. Estando Céspedes en Sagua se produjo en el Campamento de Columbia el día 4 de Septiembre el golpe de los sargentos que derrocó su gobierno y surgió un hombre, Fulgencio Batista, cuya sombra habría de proyectarse sobre la vida cubana por más de 25 años.

De la violencia e intensidad de aquel huracán quedó constancia en la cinta barométrica del equipo instalado en el Colegio de los Jesuítas que llegó a bajar hasta 711 milímetros. Es de presumir que en la Isabela bajara aún más. Así el ciclón del 33, que también afectó a Caibarién a Cárdenas y toda la costa septentrional de Cuba comprendida entre las ciudades, ha pasado a la historia como uno de los tres temporales de mayor intensidad que afectaron a Cuba hasta aquella fecha.

Por la desolación que dejara a su paso, por los enormes daños materiales que causara, por la irreparable pérdida de vidas que produjo en Cayo Cristo y por haber estado relacionado con un suceso de extraordinaria trascendencia en la historia de Cuba contemporánea, el ciclón de 1933 llena un capítulo triste en la propia historia de Sagua. En un acontecimiento que jamá olvidaremos los que aquella madrugada nos vimos expuestos a la furia de los elementos desenfrenados.

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miércoles, 8 de julio de 2009

Huracán # 5 de 1878

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En la madrugada del 7 de Septiembre de 1878, viniendo por debajo entre Calabazar de Sagua y Cifuentes, pasa por la zona sagüera el huracán # 5 de la temporada como una Tormenta tropical con rumbo Norte (ligera inclinación al Noroeste).

Este afectó también a Isabela de Sagua y los cayos.

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miércoles, 8 de abril de 2009

La inundacion del Undoso en 1894

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El 25 de Septiembre de 1894, bajo la alcaldía de Antonio Puente y Peñayo aconteció otra crecida del impredecible río Undoso donde se volvió a unir río con la Laguna de los Hoyuelos.

En esta ocasión se señaló en la pared de la botica de Don Felipe Esparza (esquina de Céspedes y Padre Varela) con una marca pintada en la pared, el nivel al que subieron las aguas en el propio centro de Sagua marcando la impresionante altura de 1 metro con 64 centímetros.

En la actualidad se conservan estas marcas en una placa en la pared de la antigua farmacia junto con otra que sucedió pocos años después.

Muchas casas a lo largo del actual malecón desaparecieron, entre ellas la de Zaldo.




Inicialmente existía una marca en la pared, luego se agrega una placa que fue sustituida por otra más adelante y es la que actualmente podemos ver en la farmacia de Esparza.


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viernes, 13 de marzo de 2009

El Ciclón 2 de 1882 en la Jurisdicción sagüera

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En la noche del lunes 4 de Septiembre de 1882 el huracán # 2 de la temporada ataca a la población por dos días trayendo pérdidas económicas.
En la Isabela , 4 lanchas se fueron a pique y la goleta inglesa L.M. Palmer cargada de azúcar.
En Encrucijada catorce casas vinieron al suelo y huvo desgracias humanas.
Aunque pasa al Sur de la región sagüera sus vientos y lluvias afectaron los días 4 y 5 a toda la zona.Con rumbo Oeste y Fuerza 1, el huracán continuó por el centro del territorio cubano.
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