sábado, 27 de octubre de 2012
INUNDACION DEL RIO SAGUA LA GRANDE EL 26 DE OCTUBRE, 2012
domingo, 26 de agosto de 2012
En estos momentos el ciclón Isaac sobre los cayos de Sagua
En estos momentos ( 8:00 AM) el Ciclón "Isaac" se encuentra exactamente sobre los cayos de Sagua La Grande en la longitud 80 y la latitus 23. (domingo 26 de agosto de 2012).
lunes, 19 de octubre de 2009
Efectos de la Inundacion de 1906
…continuación…
No fue tan duradera la de 1894, ni tuvo aquella la fuerza que esta. Como testigo y víctima en ambas, hablo por cuenta propia y no respondo a informes ajenos. Aquella, la del 94 empezó a las 7 de la mañana y a las 7 de la noche recorría yo algunas calles del pueblo a título de muchacho curioso, que no va a prestar ningún servicio útil. Esta, la horrorosa que acabamos de pasar, comenzó a las 3 de la tarde del 16 y no estuvo seca la calle de Martí hasta las 12 de la noche del 17; esto es,treinta horas aproximadamente.
El aluvión se llevó todo el barandaje de concreto que formaba el aproche del puente; arrancó varias casas de la calle de Luz Caballero, para arrastrarlas y destrozarlas. Derrumbó una esquina del edificio del Casino Español y otra de la casa de alto y bajo Martí esquina a Luz Caballero. La fábrica de chocolate “La Flor Cubana” de los antiguos y laboriosos industriales señores Urroz y Oyárzun, se puede dar por totalmente destruída en sus maquinarias, como también la fundición “Sagua” que tiene en arrendamiento el señor José Gutiérrez. Ha habido otros muchos deterioros en edificios, industrias y comercios, que sería prolijo enumerar y que en verdad, no he podido averiguar con exactitud por falta de lugar; pero, puede asegurarse en tesis general, que las pérdidas son inclaculables. Tendría que empezar por decir que a mi imprenta solamente, me ha causado daños que no repongo con $400; y soy de los más afortunados. Con que, por ahí se pueden apreciar a ojo de buen cubero, las pérdidas generales.
Las calles, en su inmensa mayoría pavimentadas por el sistema Mac-Adams, obra que representa 60 años de labor y algunos centenares de miles de pesos, han quedado totalmente destruídas, ofreciendo un golpe de vista desconsolador. Las corrientes fueron descarnándolas, para arrojar la arena en unos lugares formando montículos y la piedra triturada hacia otro, formando grandes amontonamientos. Y agujeros por aquí y grietas tremendas por allá, las calles constituyen, por sí solas, en el estado en que han quedado, una verdadera calamidad pública que el gobierno central está llamado a reparar enseguida, sin pérdida de tiempo, sin dilaciones enojosas que, lejos de acreditar como honrada a una administración, solo sirven para hacerla acreedora al odio y al desprecio de los ciudadanos administrados.
Aún hay más males. El agua del río se retiró; pero las casas y las calles quedaron cubiertas por un fanguillo jabonoso y sumamente apestoso, nauseabundo. Debajo de los pisos ha quedado el agua sucia estancada y los mismos pisos, húmedos. Agréguese a esta calamidad el sinnúmero de animales que han muerto ahogados, estando muchos debajo de los pies, y el derrame consiguiente de los llamados “pozos negros” o escusados, y quizá el Departamento de Sanidad, más caritativo y empeñoso que el señor Secretario de Obras Públicas, se dé cuenta de que una catástrofe mayor que la inundación, que es una epidemia, nos amenaza y pronto se cernirá sobre nuestras cabezas como espada de Damocles, si pronto, muy pronto, no se corre con muchos desinfectantes, cuatro o cinco brigadas de hombres dispuestos a trabajar, y con dinero, en socorro de este pueblo.
El caso es tan urgente que, honradamente, toda demora puede calificarse de criminal. El Alcalde, y con él la celosa Junta de Sanidad local, tomando medidas severas y rápidas; pero sin dinero el buen deseo es lo mismo que la carabina de Ambrosio. Vengan, pues, elementos de afuera; que salgan de su inútil estancamiento esos millones acumulados en el Tesoro Nacional.
La peste es inaguantable y aquí morimos si así lo decreta el gobierno desoyendo esta indicación.
Narrado in Situ, minuto a minuto, por A.M. Alcover.
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Para ver todas las inundaciones del río Sagua La Grande visita el Website:
reescrito en Internet desde 1998 desde el:
ARCHIVO SABANEQUE
1970 - 2009
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lunes, 5 de octubre de 2009
Inundación de 1906. Tercera Parte
Narración de Alcover, minuto a minuto.ANTECEDENTES
Mis telegramas puestos en los momentos críticos, lo mismo durante la primera avenida que al iniciarse la segundoa que culminó con la catástrofe habrán dado a conocer a los lectores de “El Mundo” el proceso inicial de este hecho terrorífico y espantoso que ha dejado sumido a un pueblo en la mayor consternación.
El 24 de Septiembre de 1894 una inmensa creciente cubrió en su totalidad a Sagua, sembrando el espanto y la miseria en todos los hogares, desalentando a los capitalistas y amenazando con el aniquilamiento a una de las más importantes plazas comerciales de Cuba. El gobierno español, por un lado, y por el otro las poblaciones todas de la Isla, enviando sus auxilios, constribuyeron al reincremento del pueblo que cual nueva Ave Fénix, renació de entre sus propias cenizas. El desfile habría empezado ante el peligro constante, pero las gestiones practicadas en el sentido de evitar la repetición del ma, volvieron la confianza a los espíritus. Además, aún cuando este río crece regularmente dos o más veces cada año, por los meses de Mayo y Junio, Septiembre y Octubre, no es menos cierto que las inundaciones totales fueron raras, rarísimas, en una frase: desconocidas para los pobladores actuales. En el primer tercio del pasado siglo (1837) hubo una gran inundación que cubrió toda la llanura hasta las faldas de la Serranía de Jumagua. Desde entonces hasta llegar al 1894 solo había habido crecientes más o menos grandes, pero que tenían tan acostumbrado a este pueblo que casi las tomaba como un espectáculo para recreo de la vista. Al acontencer la catástrofe referida del 94, la conformidad, no obstante, bien pronto se apoderó de todos, pues nadie podía pensar que fenómeno tan funesto pudiera repetirse a cada rato.
Sin embargo, la prensa local no ha perdido oportunidad de hablar sobre tan vital cuestión. El que escribe, entre otros, ha emborronado muchas, pero muchas cuartillas, previendo siempre la “reprisse” de la tragedia del 94. Lo mismo que si se predicara en desierto. Pero hay que ser justos. El gobierno colonial está en parte disculpado porque a los cinco meses de ocurrir la gran inundación, estalló la revolución, y bien sabemos todos que en esta etapa de la historia de Cuba poco o nada podían importar a los gobiernos de Madrid, las desgracias de un pueblo de Cuba. La cuestión, sin embargo, como queda dicho, se ha planteado distintas veces al Gobierno de la República.
MOMENTOS DE ANSIEDAD
Con las primeras aguas de Junio, el río empezó su crecimiento adquiriendo proporciones alarmantes, pues llegó a besar el borde de la acera del portal del Casino Español, uno de cuyos frentes da precisamete al río. Pasé mis telegramas a “El Mundo” que no faltó quien calificara de exagerados, por más que ni eso valió para que viéramos que el Sr. Secretario de Obras Públicas se tomara la molestia de enviar- como pasa en cualesquiera otra de las naciones del globo – una comisión de ingenieros para que estudiara el mal.
Pero el río empezó su descenso y ya no me tomé tampoco yo el trabajo de ir por sus laderas a observar su aplacamiento. Esta actitud mía quizá sirva de justificativo al aludido Sr. Secretario que como antes digo, maldito si se ocupó de que a este pueblo se lo tragara el caudaloso Sagua La Grande. Por ventura ni leyó los telegramas, no obstante que esa redacción los encabezó con negros y llamativos titulares. Pero no recalquemos ahora la recriminación, que ya llegará el momento por sus pasos contados.
El 14 por la media noche, rompió a llover de nuevo en forma torrecial. Lo de menos sería que en Sagua estuviera cayendo agua del cielo por año corrido, pues esa lluvia no constituye ninguna amenaza. El mal está en que llueva por Santa Clara, nacimiento del río y por la zona que riegan sus afluentes. Y esto era lo peor que ocurría. Al amanecer del 15, empezó a circular la noticia de que el río venía “metiendo mucho agua”, que es la frase corriente; y tanta agua metió, que a eso de las seis de la tarde, el nivel de la superficie líquida distaba de la cama del puente solamente unos 6 pies. Empezaron a cruzarse los telegramas con la autoridad provincial y otras municipales, cuyas informaciones en respuesta eran bastantes para sembrar la alarma: llovía en todas partes, y llovía a cántaros. El río mientras tanto, seguía subiendo y el pueblo entrando en zozobra.
EL DIA DE LA CATASTROFE
Amaneció el 16 de Junio. Al despertar yo eso de las cuatro de la madrugada, sentí que llovía fuerte, abrí el postigo de la ventana de la habitación y observé un cielo cerrado, negro, muy negro por el sur. Espectador del cataclismo del 94, me dije: “malo, malo está esto”, y pronto me vestí y me eché a la calle. Fuíme al Casino, punto que sirve de anfiteatro a los curiosos y observadores y ví que el río estaba a una pulgada escasa del piso del portal. Y seguía lloviendo en la provincia y la corriente con una velocidad vertiginosa.
Dándome cuenta entonces de mi cargo de corresponsal de “El Mundo”, me dispuse a entrevistarme con el Alcalde Municipal P. S. mi querido amigo el Sr. D. Carlos Alfert y a recorrer lugares apartados de la Villa por donde también pasa el río y tiene este su comunicación con la siempre y por donde quiera que se la mire funesta laguna de Hoyuelos. Llovía a cántaros y el viento era tan fuerte que se me rompió el paraguas y el agua me calaba las ropas. A las 7 de la mañana me encontraba de regreso en el centro del pueblo. Ya no me quedaba la menor duda de que Sagua se vería inundada antes del mediodía. Aún me tropecé con incrédulos, con algunos de esos sabios que todo lo saben y nada ven que me decían que el río, cuando más, llegaría a la calle Colón. Ví el Alcalde, y vi al hombre apurado, pero confiado, sin embargo, en que acaso tuviéramos la suerte de que no se diera la repetición del cuadro terrible de 1894. Sin embargo, celoso de su cargo tomada medidas y corría de un lado para otro bajo el torrencial aguacero.
Fui al telégrafo y puse otro parte a esa publicación. Salí de la estación y me dirigí al escritorio comercial del Sr. Alfert que en aquel instante salía con la alocución anunciando al pueblo la proximidad del aluvión terrible. Tuve que llevarlo a hacer en la imprenta de mi propiedad, porque todas las demás habían desarmado totalmente sus equipos respectivos. Mis cajistas que estaban locos poniendo en salvo todo el material de la casa y que a duras penas si se desenvolvían con franqueza, porque la fuerza del viento, acompañdo de la lluvia, hacía que las puertas de la calle estuvieran cerradas, faltando la caridad tan necesaria adentro para trabajar, mis cajistas, repito, me objetaron que era materialmente imposible hacer el trabajo no solo porque era largo sino porque no había tiempo. Tuve que arengarlos casi, haciéndoles comprender que por humanidad estábamos obligados a llevar la fatal nueva al último hogar del pueblo para que la salvación pudieran por igual alcanzarla todos, les dije que la apatía característica de nuestro pueblo era causa de que muchas familias permanecieran todavía tranquilas sin que nada preparado; y por último para que no me opusieran más reparos tronché la alocusión oficial y dejé reducida a lo siguiente:
ALCALDIA MUNICIPAL
AL VECINDARIO
“El estado de la creciente del río y la continuación de las aguas, hacen presumir que de las 12 a la 1 del día puede estar inundada la Villa en todos sus lugares.”
“Los vecinos deben elevar sus muebles, efectos y todo cuanto tenga algún valor, a la artura que sea necesario.”
“Es así mismo oportuno que se vayan colocando las familias en los lugares que cada cual elija para evitar atropellos siempre perjudiciales. También cada familia debe adquirir víveres para 24 horas por lo menos.”
“Cada familia debe tomar del Acueducto y de los algibes aún no inundados, agua para dos días, economizándola todo lo posible.”
“Por último, si por desgracia las aguas cubrieran todo el pueblo, todos deben dar muestras de calma y serenidad que es lo que en las grandes ocasiones evita mayores peligros.”
“Esperamos en la Providencia que todas estas indicaciones sean innecesarias y tengamos todos calma y valor para soportar la adversidad.”
“Sagua La Grande, 16 de Junio de 1906
El Alcalde P.S.
Carlos Alfert”
A las 12 del día, la banda de cornetas del benemérito cuerpo de Bomberos del Comercio, por órden del Alcalde, empezó a tocar “sálvese el que pueda”, y aquello fue entonces atroz. Habría que ver como corría el pueblo de un lado para otro, buscándose los unos a los otros, procurándose lugar de salvación, proveyéndose de víveres los que podían o eran previsores, y contratándose carpinteros y peones por todas partes para el salvamento de muebles y efectos. A todas estas lloviendo a cántaros, porque el agua no cesó ni un momento. La hora del pánico general había llegado.
LAS AUTORIDADES
El señor Alfert cumplió como bueno. En la calle constantemente, dictaba por momento órdenes de carácter general y verbales. Le auxilié en cuanto pude como secretario particular que me hizo en esta agitación. La comunicación telegráfica con el señor gobernador civil, era constante. La autoridad provincial estuvo dignísima y merece caluroso aplauso. Todas las miradas de la muchedumbre arremolinada en la calle de Martí a la vista del puente, esperaba de un momento a otro la caída de la monstruosa superestructura férrea; pero el Alcalde, previsor, mandó a unos abnegados obreros a que destruyeran las barandas, a fín de evitar que al detener estas las empalizadas arrastradas por la impetuosa corriente y servir de obstáculo o contén al agua, fueran a ser la causa de un derrumbamiento. El agua ya batía el costado del puente y seguía subiendo amenazadora.
Invitado atentamente por el señor alcalde municipal, fuimos en coche, acompañados de otras dos personas, a recorrer la población, visitando la casa Ayuntamiento, la cárcel, el hospital,las estación de ferrocarril, plaza de mercado, el rastro y, en una frase, las calles todas de la Villa. Cuando recorríamos ese trayecto, ya el pueblo empezaba a inundarse. En la calle de Colón, a dos cuadras del “paso” entramos con el coche hasta donde el agua nos llegaba a 6 pulgadas del asiento, para recoger a una anciana y un niño que valerosamente trataban de salvar unos bomberos. Recorriendo constantemente las calle sestuvimos, metiéndonos inclusive en lugares peligrosos, hasta las cinco de la tarde, hora en que cansada la bestia que arrastraba el vehículo y sitiados por el agua, decidimos ponernos a salvo. El alcalde tomó el caballo de un vecino y se echó al agua y yo me fui al alto interior del establecimiento de víveres y panadería “La Vascongada”, sita en la calle de Solís esquina a la de E.J. Varona en donde ya tenía desde las once de la mañana en salvo a toda mi familia.
Al llegar a este punto no resisto el deseo de hacer una pública demostración de gratitud a los dueños de dicha casa comercial, señores Médez, Azpiaza y Compañía, que se colocaron a una altura envidiable, colmándonos a todos los refugiados en su casa, de infinitas atenciones y haciéndonos menos sensible la desgracia, pues pusieron su cocina, su tienda y sus personas y las de sus dependientes a la disposición de todos sin cortapisas de ningún género. Igual hicieron después cuando a las puertas de la casa “atracó” un bote tripulado por unos atrevidos vecinos que venían en busca de víveres para los salvados en la casa escuela Machado.
LA INUNDACION.
A las cinco y media de la tarde, Sagua estaba bajo las terribles y enturbiadas aguas del Undoso.
A las siete de la noche había una vara de agua en el patio de “La Vascongada”.
Lo demás que ví durante la inundación, lo vi desde el tejado de la casade los señores Méndez, Azpiazu y Compañía.
La noche iba entrando, obscura y lóbrega, en tanto que el agua, con una corriente intensísima y arrolladora y produciendo un ruido de torriente despeñado, sembraba el espanto de todos los semblantes. Para calmar la nervosidad, natural de las mujeres, teníamos que mentir y decir que empezaba el descenso cuando con más rapidez crecía el furioso elemento.
Nada hay más aterrador que el espectáculo de una inundación en medio de una noche lluviosa y obscura. Tanto el alumbrado eléctrico como el de gas estaban interrumpidos y para colmo de desgracia,el acueducto no funcionaba . Desde el tejado a donde me subí, quise ver algo; pero ¡quiá!. La obscuridad era aterradora y el ruido monótono del agua chocando con fuerza contra los obstáculos, causaban un efecto infernal.
Continúa la narración de Alcover…
jueves, 23 de julio de 2009
El Ciclón del 33 según tercer testigo
El Ciclón del 33
Cronista: Manuel García Iglesias
Contado en 1978
Después de varios meses de forzada ausencia regresé a nuestra Villa el día 30 de Agosto de 1933 por la noche. Al día siguiente fui a visitar a mis buenos amigos Miguel Castellanos Rodríguez, Alcalde de facto y Víctor Reyes Mayía, Secretario de las Administración Municipal. Estuve mucho rato en el despacho del Alcalde, y a eso de las doce del día se recibió un telegrama del Observatorio Nacional avisando que se acercaba un ciclón amenazante para la costa Norte de la Isla, recomendando se tomasen precausiones. Recuerdo que Miguel exclamó: “¡Ahora, lo único que nos faltaba: un ciclón!”.
Pero la realidad, nadie le dio gran importancia al aviso, pues todas las mentes estaban concentradas en el ciclón político que estaba desatado sobre toda la República, amén del hecho de que en Sagua no se sentían los efectos directos de un huracán desde el año 1888, cuando desapareció el barrio Isabelino de Casablanca.
Verdaderamente yo casi no me acordé más del asunto hasta que estando de visita por la noche en casa de mis estimadas amigas, las hermanas Pinto-Silva, escuché los estridentes alaridos de la sirena del Cuartel de Bomberos y algunos toques de corneta. Me despedí de mis amigas y fui hacia Fornos. Allí me encontré con mi primo Tomás Angelino Torres, “Chicho”, Secretario del Jusgado de Instrucción, quien al verme me dijo: “Yo se que tu familia no está aquí, ven para casa y lo pasaremos juntos. Y con Chicho me fui para su casa, en Carmen Ribalta entre marta Abreu y E. J. Varona. Aquella casa tenía una fachada de mampostería impresionante, pero el resto era de madera y tejas. Allí se sintieron muy fuertes los efectos del meteoro, y todos tuvimos que colaborar arduamente en la defensa del inmueble. Mi prima Irene, su esposo Abelardo Fernádez, sus hijos Irma, Digna, Juan y Abelardito, conjuntamente con “Chicho” y yo empujamos parejo contra la furia del viento. La casa se destechó parcialmente. Temprano en la mañana del día primero de Septiembre veíamos pasar por la calle las chispas llameantes del fuego que se desató en el tostadero de café “El Brazo Fuerte” de Antonio Morón.
Cuando pude salir a la calle mi ánimo quedó abatido al ver los grandes destrozos sufridos por la Villa. Especialmente los barrios pobres y rurales fueron arrasados.
El río creció como nunca antes lo había visto, ocasionándose pocos días después un gran pánico al propalar alguien la especie de que el dique se había desplomado.
A los pocos días llegó el Presidente provisional Dr. Carlos manuel de Céspedes, para estar junto al pueblo sagüero en su aflición. Nunca olviso que el Hotel Sagua, mientras se impovisaba una comida en su honor, a la luz de velas y quinqués una comisión de maestras sagüeras pedía al Sr. Presidente aumento en sus magros sueldos, en los precisos momentos en que el Dr. Céspedes era desplazado de su cargo por el incruento golpe militar –estudiantil del 4 de Septiembre.
Se estableció una cocina económica en el viejo edificio que estaba al fondo de la Iglesia Parroquial, donde más tarde se construyera el cine “Alcázar”, estando esa cocina a cargo del Sr. Carlos marús, y prestó muy buenos servicios a la comunidad.
A pesar de las dificultades políticas y económicas del momento muchas organizaciones enviaron socorros, recuerdo a la Cruz Roja, la Hermandad Ferroviaria y el Directorio Estudiantil. Fue entonces qye conocí al amigo Mario Riera, hoy Historiador y dirigente del Municipio de Bayamo.
Pero donde la tragedia alcanzó caracteres inenarrables fue en la Isabela y en Cayo Cristo. Tanto una como el otro quedaron totalmente devastados, pereciendo un numeroso grupo de vecinos en Cayo Cristo, casi todos veraneantes.
El Dr. Pedro N. Arroyo y su familia abandonaron el Cayo a tiempo. Pero hubo terquedad y obstinación por parte de los demás, y casi todos perecieron. Esperaron la fuerza de la tempestad en la residencia del Sr. José Bory, produciéndose una especie de maremoto que dividió el cayo en dos partes y arrasó con todo. Entre los sobrevivientes, muy pocos, recordamos a Pascualito Pérez y su amigo el morenito Lazarito, que milagrosamente se agarraron a unos mangles y allí capearon, sin saber como, la tormenta.
lunes, 15 de junio de 2009
El ciclón del 33 según los testigos
El Ciclón del 33.
Cronista: Dr. Marco Antonio Landa.
Contado en 1976
¿Qué recuerdos puede conservar en su memoria una persona, después de transcurridos más de 40 años, sobre los detalles de una gran catástrofe que se abatió sobre el pueblo en que vivían? Claro está, que el ciclón que azotó a Sagua la Grande la noche del 31 de Agosto y amanecer del primero de Septiembre de 1933, no puede clasificarse como catástrofe al modo como lo fue el gran temblor de tierra que asoló a San Francisco en 1906, o la erupción del Vesubio, o el ciclón “Flora”. Pero lo cierto es que aquellas horas interminables en que el viento sopló con fuerza destructora sobre toda la zona de Sagua, constituyó para mí un acontecimiento insólito, que en mi infantil imaginación adquirió inusitados caracteres de una gran catástrofe.
Los hechos básicos que recuerdo son los siguientes: estábamos en pleno verano, la estación de los grandes calores y las visitas a la playa; los deliciosos baños de mar en la Isabela, en la Punta, con Manuel (de quien ya he hablado en otra oportunidad) cuidando las instalaciones y vigilándolo todo, el sol quemante, el viaje azaroso en pobres “guaguas” que daban tumbos por una maltrecha carretera. (En Chile se les llama “guaguas” a los niños muy pequeños). Pero era la gran diversión, el contacto con el sol y el aire vivificante, la arena de la playa y los juegos al aire libre. Días antes del ciclón, alguien nos había dado un pequeño paseo en bote de remos por los alrededores del puerto, sin alejarnos mucho de la costa, por supuesto. El viaje terminó para mí, como de costumbre, con un mareo terrible. El vaivén de las olas siempre ha alterado el equilibrio de mis centros nerviosos. He resistido mejor los vaivenes de la vida, aunque estos, gracias a Dios, han sido menos violentos que aquellas olas saltarinas e inquietas.
El día 31 de Agosto no fuimos a la Isabela. Ya la atmósfera no parecía igual. Se barruntaba algo y no mucha gente se atrevió a ir a la playa. Sin embargo, los temporadistas continuaban disfrutando de las delicias del verano. En Sagua tuvimos algunos chubascos y las noticias, recibidas a través de frecuentes telegramas procedentes de La Habana, daban cuenta de la presencia de una perturbación ciclónica cerca de Cuba. No obstante, el peligro no parecía inmediato. Recuerdo, que con posterioridad oí decir a Rubé Badía que el capitán de un barco inglés, anclado en la Isabela, había advertido a las autoridades del eminente peligro y se había hecho a la mar para “cortar los vientos” antes que estos destrozaran su nave atracada al muelle. La gente de mar tiene fino el instinto y el navío sorteó bien los obstáculos de la naturaleza.
Las primeras horas de la noche nos mostraron un cielo estrellado, sólo opacado a veces por unas nubecillas bajas que se deslizaban veloces por la pista del firmamento, y que hacía dificial, para los no versados en meteorología, pensar en la inminencia de una alteración violenta de la calma habitual de las fuerzas naturales. Bien recuerdo las estrellas de aquella noche. Aun no conocía a Benavente, ni su “Los intereses creados”, pero huviera suscrito sin reservas sus versos famosos: “la noche ha prendido sus claros diamantes / en el terciopelo de un cielo estival”. Desde el balcón de mi casa –Céspedes, frente a “El Titán” (entonces “Casa Rey”) – se contemplaban en toda su infinita belleza y luminosidad. A pesar de las estrellas, a esa hora se sabía ya que la evacuación del pueblo de la Isabela había comenzado. Las calles hormigueaban de familias enteras que habían huído de una ras de mar, que efectivamente se produjo. (En otras partes se le llama “maremoto”. El mar se retira, en un silencio ominoso hasta una distancia increíble; después retorna, rugiendo como una bestia acorralada, y barre despiadadamente con cuanto encuentra a su paso, pues no se resigna a ocupar el lecho que ha dejado temporalmente vacío y avanza como queriendo desquitarse de todo el tiempo perdido mientras respetaba los linderos naturales de la costa).
En el edificio Beguiristaín, altos del Almacén Martínez, encontraron albergue muchas de aquellas familias. Las iglesias, las sociedades de recreo, los demás edificios públicos, se encontraban también atestados. La atmósfera comenzó a enrarecerse y al filo de la medianoche ya el viento soplaba con furia. Nos refugiamos en la escalera del edificio, junto con la familia del apartamento vecino, mientras se apuntalaban puertas y ventanas para que pudieran resistir la acometida del viento. Más tarde comprobaríamos que toda la cristalería de la parte superior de las ventanas de los balcones se había quebrado y que el agua había inundado las habitaciones del frente; las del fondo no habían sufrido nada, tal vez protegidas por las altas paredes de los edificios colindantes. Después de las primeras horas de angustia e incertidumbre tuvimos vagas noticias de un incendio que resulto ser el que destruyó por completo el tostadero del Café de Morón “El brazo fuerte”, situado en Calixto García y Martí. Por fín, temiendo que el viento nos acorralara en aquella escalera y pereciéramos todos aplastados, aprovechando un breve período de calma ( tal vez el vórtice del ciclón) nos trasladamos por la casa vecina, la imprenta de Armando Alvarez.
A las seis de la mañana la tempestad comenzó a amainar. A las siete había cesado pro completo.
De los acontecimientos porteriores a aquel día, los recuerdos son bien claros: la triste noticia de la tragedia de Cayo Cristo, donde perecieron, entre otros, dos compañeros de colegio, los hermanos Velazquez, y a la cual sobrevivió mi gran amigo Pascualito Pérez ; aquellos días interminables en que todo era confusión (recuérdese que además, acababa de ser derrocado el régimen del Presidente Machado); las gentes en las calles, isabelinos que no se decidían a retornar a sus casas, tal vez porque muchas de éstas ya no existían, barridas por el ímpetu incontenible del mar; las “cocinas económicas”, donde largas colas de vecinos esperaban pacientes la ración alimenticia que aliviaba la escasez de recursos; pospuesto el inicio de las clases y la iglesia del colegio totalmente destruída por el ciclón y por fín, las largas noches a oscuras, ya que el viento había arruinado los tendidos de energía eléctrica.

Cuatro díaz después ( y esto lo recuerdo por haberlo oído en mi casa, ya que el hecho escapaba a mi directa observación) supe que el presidente provisional de la república, Carlos manuel de Céspedes estaba en Sagua examinando los daños y visitando a los damnificados del ciclón. Se encontraba en el hotal Sagua , cuando, a la pálida luz de faroles y quinqués, un sargento de la Guardia Rural se acercó a él y con todo respeto, pero con gesto conminatorio, le comunicó que tenía órdenes de conducirlo inmediatamente a La Habana. El golpe militar del 4 de Septiembre se había consumado y comenzaba para Cuba una nueva etapa de su historia.
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lunes, 27 de abril de 2009
La inundación de Carrazana en 1820
La narración me la cuenta el famoso hojalatero Don Eladio Carrazana vecino mío en Gonzalo de Quesada # 50 (siendo la mía # 48) poco antes de su muerte a principios de los años setentas y su esposa Chila quien me dejó un hermoso patrimonio de fotos de 1902.
Por aquellos tiempos los Carrazana vivían en La Vega, finca muy antigua junto al río Sagua La Grande, Y un día, durante una crecida del Undoso, todos fueron retirándose a lugares más altos de tierra firme para protegerse de las aguas, pero al darse cuenta que Don Ventura no estaba entre ellos, sus hijos muy preocupados, remaron en un bote hasta la finca donde ya las aguas tapaban su rancho comprobando con horror que su padre luchaba, casi sin fuerzas, sobre una débil mata de mangos repleta de gallinas.
desde 1998
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