jueves, 6 de septiembre de 2012
Tronada en Uvero de Sagua
lunes, 19 de octubre de 2009
Efectos de la Inundacion de 1906
…continuación…
No fue tan duradera la de 1894, ni tuvo aquella la fuerza que esta. Como testigo y víctima en ambas, hablo por cuenta propia y no respondo a informes ajenos. Aquella, la del 94 empezó a las 7 de la mañana y a las 7 de la noche recorría yo algunas calles del pueblo a título de muchacho curioso, que no va a prestar ningún servicio útil. Esta, la horrorosa que acabamos de pasar, comenzó a las 3 de la tarde del 16 y no estuvo seca la calle de Martí hasta las 12 de la noche del 17; esto es,treinta horas aproximadamente.
El aluvión se llevó todo el barandaje de concreto que formaba el aproche del puente; arrancó varias casas de la calle de Luz Caballero, para arrastrarlas y destrozarlas. Derrumbó una esquina del edificio del Casino Español y otra de la casa de alto y bajo Martí esquina a Luz Caballero. La fábrica de chocolate “La Flor Cubana” de los antiguos y laboriosos industriales señores Urroz y Oyárzun, se puede dar por totalmente destruída en sus maquinarias, como también la fundición “Sagua” que tiene en arrendamiento el señor José Gutiérrez. Ha habido otros muchos deterioros en edificios, industrias y comercios, que sería prolijo enumerar y que en verdad, no he podido averiguar con exactitud por falta de lugar; pero, puede asegurarse en tesis general, que las pérdidas son inclaculables. Tendría que empezar por decir que a mi imprenta solamente, me ha causado daños que no repongo con $400; y soy de los más afortunados. Con que, por ahí se pueden apreciar a ojo de buen cubero, las pérdidas generales.
Las calles, en su inmensa mayoría pavimentadas por el sistema Mac-Adams, obra que representa 60 años de labor y algunos centenares de miles de pesos, han quedado totalmente destruídas, ofreciendo un golpe de vista desconsolador. Las corrientes fueron descarnándolas, para arrojar la arena en unos lugares formando montículos y la piedra triturada hacia otro, formando grandes amontonamientos. Y agujeros por aquí y grietas tremendas por allá, las calles constituyen, por sí solas, en el estado en que han quedado, una verdadera calamidad pública que el gobierno central está llamado a reparar enseguida, sin pérdida de tiempo, sin dilaciones enojosas que, lejos de acreditar como honrada a una administración, solo sirven para hacerla acreedora al odio y al desprecio de los ciudadanos administrados.
Aún hay más males. El agua del río se retiró; pero las casas y las calles quedaron cubiertas por un fanguillo jabonoso y sumamente apestoso, nauseabundo. Debajo de los pisos ha quedado el agua sucia estancada y los mismos pisos, húmedos. Agréguese a esta calamidad el sinnúmero de animales que han muerto ahogados, estando muchos debajo de los pies, y el derrame consiguiente de los llamados “pozos negros” o escusados, y quizá el Departamento de Sanidad, más caritativo y empeñoso que el señor Secretario de Obras Públicas, se dé cuenta de que una catástrofe mayor que la inundación, que es una epidemia, nos amenaza y pronto se cernirá sobre nuestras cabezas como espada de Damocles, si pronto, muy pronto, no se corre con muchos desinfectantes, cuatro o cinco brigadas de hombres dispuestos a trabajar, y con dinero, en socorro de este pueblo.
El caso es tan urgente que, honradamente, toda demora puede calificarse de criminal. El Alcalde, y con él la celosa Junta de Sanidad local, tomando medidas severas y rápidas; pero sin dinero el buen deseo es lo mismo que la carabina de Ambrosio. Vengan, pues, elementos de afuera; que salgan de su inútil estancamiento esos millones acumulados en el Tesoro Nacional.
La peste es inaguantable y aquí morimos si así lo decreta el gobierno desoyendo esta indicación.
Narrado in Situ, minuto a minuto, por A.M. Alcover.
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Para ver todas las inundaciones del río Sagua La Grande visita el Website:
reescrito en Internet desde 1998 desde el:
ARCHIVO SABANEQUE
1970 - 2009
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jueves, 23 de julio de 2009
El Ciclón del 33 según tercer testigo
El Ciclón del 33
Cronista: Manuel García Iglesias
Contado en 1978
Después de varios meses de forzada ausencia regresé a nuestra Villa el día 30 de Agosto de 1933 por la noche. Al día siguiente fui a visitar a mis buenos amigos Miguel Castellanos Rodríguez, Alcalde de facto y Víctor Reyes Mayía, Secretario de las Administración Municipal. Estuve mucho rato en el despacho del Alcalde, y a eso de las doce del día se recibió un telegrama del Observatorio Nacional avisando que se acercaba un ciclón amenazante para la costa Norte de la Isla, recomendando se tomasen precausiones. Recuerdo que Miguel exclamó: “¡Ahora, lo único que nos faltaba: un ciclón!”.
Pero la realidad, nadie le dio gran importancia al aviso, pues todas las mentes estaban concentradas en el ciclón político que estaba desatado sobre toda la República, amén del hecho de que en Sagua no se sentían los efectos directos de un huracán desde el año 1888, cuando desapareció el barrio Isabelino de Casablanca.
Verdaderamente yo casi no me acordé más del asunto hasta que estando de visita por la noche en casa de mis estimadas amigas, las hermanas Pinto-Silva, escuché los estridentes alaridos de la sirena del Cuartel de Bomberos y algunos toques de corneta. Me despedí de mis amigas y fui hacia Fornos. Allí me encontré con mi primo Tomás Angelino Torres, “Chicho”, Secretario del Jusgado de Instrucción, quien al verme me dijo: “Yo se que tu familia no está aquí, ven para casa y lo pasaremos juntos. Y con Chicho me fui para su casa, en Carmen Ribalta entre marta Abreu y E. J. Varona. Aquella casa tenía una fachada de mampostería impresionante, pero el resto era de madera y tejas. Allí se sintieron muy fuertes los efectos del meteoro, y todos tuvimos que colaborar arduamente en la defensa del inmueble. Mi prima Irene, su esposo Abelardo Fernádez, sus hijos Irma, Digna, Juan y Abelardito, conjuntamente con “Chicho” y yo empujamos parejo contra la furia del viento. La casa se destechó parcialmente. Temprano en la mañana del día primero de Septiembre veíamos pasar por la calle las chispas llameantes del fuego que se desató en el tostadero de café “El Brazo Fuerte” de Antonio Morón.
Cuando pude salir a la calle mi ánimo quedó abatido al ver los grandes destrozos sufridos por la Villa. Especialmente los barrios pobres y rurales fueron arrasados.
El río creció como nunca antes lo había visto, ocasionándose pocos días después un gran pánico al propalar alguien la especie de que el dique se había desplomado.
A los pocos días llegó el Presidente provisional Dr. Carlos manuel de Céspedes, para estar junto al pueblo sagüero en su aflición. Nunca olviso que el Hotel Sagua, mientras se impovisaba una comida en su honor, a la luz de velas y quinqués una comisión de maestras sagüeras pedía al Sr. Presidente aumento en sus magros sueldos, en los precisos momentos en que el Dr. Céspedes era desplazado de su cargo por el incruento golpe militar –estudiantil del 4 de Septiembre.
Se estableció una cocina económica en el viejo edificio que estaba al fondo de la Iglesia Parroquial, donde más tarde se construyera el cine “Alcázar”, estando esa cocina a cargo del Sr. Carlos marús, y prestó muy buenos servicios a la comunidad.
A pesar de las dificultades políticas y económicas del momento muchas organizaciones enviaron socorros, recuerdo a la Cruz Roja, la Hermandad Ferroviaria y el Directorio Estudiantil. Fue entonces qye conocí al amigo Mario Riera, hoy Historiador y dirigente del Municipio de Bayamo.
Pero donde la tragedia alcanzó caracteres inenarrables fue en la Isabela y en Cayo Cristo. Tanto una como el otro quedaron totalmente devastados, pereciendo un numeroso grupo de vecinos en Cayo Cristo, casi todos veraneantes.
El Dr. Pedro N. Arroyo y su familia abandonaron el Cayo a tiempo. Pero hubo terquedad y obstinación por parte de los demás, y casi todos perecieron. Esperaron la fuerza de la tempestad en la residencia del Sr. José Bory, produciéndose una especie de maremoto que dividió el cayo en dos partes y arrasó con todo. Entre los sobrevivientes, muy pocos, recordamos a Pascualito Pérez y su amigo el morenito Lazarito, que milagrosamente se agarraron a unos mangles y allí capearon, sin saber como, la tormenta.
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