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lunes, 19 de abril de 2010

Inundación del río Sagua La Grande en 1906

Continuación...


LA SEGURIDAD PUBLICA Y EL AGUA POTABLE

Acontecimiento narrado minuto tras minuto el 16 y 17 de Junio de 1906 por Antonio Miguel Alcover.


LA SEGURIDAD PUBLICA

Cubiertas las perentorias exigencias de la higienización y del hambre, se imponía que al propio tiempo fueran adoptadas medidas de orden público a fín de evitar los desmanes de los que dejándose guiar por instintos criminales y queriendo aprovecharse de las circunstancias anormales porque se atravesaba, intentara apoderarse de lo ajeno contra la voluntad de su dueño y a espaldas de este.


Verdaderamente que para los “cacos” los momentos no podían se más propicios. Muchos objetos y muebles estaban a la intemperie; no pocas viviendas ofrecían escasas seguridades en sus cierres; la oscuridad de la primera noche convidaba a la maldad ; la consternación era general; el temor de una “recidiva” que diría un galeno, tomaba cuerpo en la creencia del pueblo….. constituyendo todo esto un motivo bastante para la adopción de medidas de seguridad pública.

Y fuerza es confesar que tanto la guardia rural como la policía municipal, garantizaron la tranquilidad, sin que se tenga que registrar ningún caso digno de mención. Sagua, en ese momento, dio pruebas de moralidad.

AGUA POTABLE

Y entra ahora la cuarta cuestión de importancia que se presentó al Alcalde: el agua. El acueducto estaba interrumpido y no daba al consumo general el precioso líquido. Las aguas de los aljibes se habían confundido con las infectadas del río. No había pues, agua para apagar la sed y para las comidas, excepto en aquellas casas que salvaron la contenida en tanques.


El conflicto se presentaba en proporciones difíciles, pues aunque la empresa del ferrocarril puso a la disposición de la Alcaldía los carros tanques, que podían traer agua potable de donde la hubieray fuera fácil buscarla, ello, a mi entender no habría manera alguna resuelto el problema.

Pero la diligencia del administrador gerente del acueducto seño Gerardo J. Romero, salvó la situación y el pueblo de Sagua se vió pronto en disposición de aprovechar tan indispensable servicio. Plácemes merece el señor Romero y creo que oficialmente se le han rendido la más sinceras expresiones de agradecimiento.

Con muy buen juicio, después, el Alcalde ha ordenado que la bomba de incendios achicara los algibes y fueran limpiados.


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miércoles, 10 de febrero de 2010

La obra del río (inundación de Sagua La Grande 1906)

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...Continuación de la narración de Alcover en 1906...

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La obra de incuestionable necesidad y urgencia, es la del desagüe del río. Esta es perentoria, inminente, urgentísima, palpitante. La vida de Sagua la demanda a gritos estentóreos. Encuéntrase hoy este pueblo en el estado de esos enfermos graves que requieren de la inmediata intervención quirúrgica; si así no se hace, muerenirremisiblemente. Si enseguida no se procede a estudiar el problema del desagüe y la obra no se acomete con decisión y prontitud, podremos decir que la República ha dictado su fallo inexorable:

“Delenda est Sagua”

Y destruída sea por el abandono en que se deja, a merced de la furia del río que la baña.

Federico M. Alcover, ingeniero civil, de la Escuela de troy (Albany, N.Y.) y tío del que suscribe, -fallecido el pasado año – era un conocedor inteligente de toda la comarca que riega el Sagua temible. Como cuarenta años hacía que venía midiendo terrenos por la jurisdicción y conocía el río al dedillo, como suele decirse. Muchas veces, sin que jamás lo hubiera visto variar de criterio, me dijo: - “No me diera Dios trabajo más difícil de vecer en la vida, que llevar a cabo esa obra que llaman tan romana, de poner el río en condiciones de que, por los siglos no ofrezca peligros para Sagua.”

Y el ingeniero Alcover decía: “hacer un desagüe por medio de una zanja o canal en Sitiecito o antes de llegar a esta Villa, buscando el consiguiente derrame de las aguas por un plano inclinado que las conduzca a la costa del Este; después, ahorrar millas entre Sagua y la boca del río, es decir, ofrecer rápida y franca salida, rompiendo los tornos y destruyendo las pasas. Si se quiere más, una zanja ancha entre el demolido ingenio “Pastora,” (situado a la derecha del río, entre Sagua y la desembocadura) y la playa del Uvero, en su mayor parte terreno cenagoso, y se habrá conseguido librar a Sagua de toda posibilidad de inundaciones.

Esa, u otra, es la obra que hay que realizar, cueste lo que cueste, porque así lo demanda uno de los pueblos más cultos, más conocidos, más bonitos y acaso el más castigado de Cuba.

No hay que pensar en canalización ni en cosa parecida. La importancia comercial de Sagua no es suficiente a demandar la inversión de una porción de millones de pesos, que a tanto ascendería la obra en que piensan muchos ilusos. Sublime sería que se hiciera; pero, gracias que conmovamos a nuestros legisladores a fin de que nos dediquen un millón para lo que necesitamos, o un poco más si fuese menester. Nada de más exigiríamos. En estos críticos momentos estamos viedo que solo para dar agua a Camagüey se concederán $ 600, 000 y por ahí otro tanto se concedió antes a Santiago de Cuba para obra análoga. Acaso el puerto de Cárdenas, sin resultado positivo alguno al fin, cueste al Tesoro nacional algunas millonadas y no costará menos el paseo del Malecón en esa Capital. En buena hora sea todo y para todos; pero de ahí que Sagua, en estos momentos necesita de mucho menos de lo que suman esos beneficios citados. No es cuerdo,ni legítimo, ni patriótico discutirle el derecho a la vida y la tranquilidad a un pueblo que honra como tal, desde el punto de vista urbano y del comercial, a la nación cubana.



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... Narrado minuto a minuto por Don Antonio Alcover durante la inundación de Sagua la Grande el 16 y 17 de Junio de 1906...
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viernes, 1 de enero de 2010

Inundación del río Sagua en1906...continuación

Continuación de la narración "in situ" de Don Antonio Miguel Alcover (16 y 17 de Junio de 1906)

EL PROBLEMA SUPREMO

El problema supremo que el Gobierno tiene ante la vista, no es ni puede ser otro que el de salvar a la Villa de Sagua La Grande, de futuras inundaciones.

Y como quiera que en otros parajes y lugares del territorio nacional han ocurrido al propio tiempo inundaciones causadas por el desbordamiento de riachuelos, arroyos y cañadas, como consecuencia del generalizado temporal de aguas, bueno es que haga sobre este aspecto de los acontecimientos una pequeña digresión con el fin de evitar confusiones que no deben existir.

Llaman también la atención de todos las inundaciones del Roque y del Aguacate y de otros pueblos más o menos agrícolas. Pues bien, empecemos por convenir en que dignos son sus pobladores de los mismos privilegios de salvación que para Sagua pedimos los que aquí vivimos; pero ni el Roque, ni el Aguacate; ni el Aguacate, ni el Roque, son Sagua la Grande, ni se encuentran en las particulares condiciones de la Villa del Undoso. Y voy a entrar en explicaciones.

Sagua La Grande es sin disputa, una de las poblaciones más importantes, ricas, comerciales y cultas de Cuba. Su urbanización y sus otras muchas circunstancias de ciudad, la colocan con legitimidad en el concierto de las poblaciones importantes del país y acaso de América. Hay aquí un constante y fuerte comercio de importación y exportación; grandes fábricas industriales; talleres inmensos que dan trabajo a un numeroso pueblo obrero; muchos capitales invertidos; empresas que necesitan garantías; como dos mil fincas urbanas entre las cuales pueden contarse magníficos y valiosos edificios públicos y particulares; muchas casas de comercio en las cuales tienen depositados cuantiosos intereses otras del extranjero y de plazas fuertes como La Habana.

Hay una población regulada con la existencia proporcional de clases sociales y profesionales. En la escala relativa cuenta Sagua La Grande con los centros e instituciones que dan carácter a las formaciones urbanas que merecen el título de ciudad. Los intereses que representa dentro del casco urbano, sin tener en cuenta lo rústico, ascienden en su totalidad a algunos millones de pesos y, por último, para no cansar al lector con la exposición de circunstancias, congréganse aquí el recinto urbano y en forma de vecindario, muy cerca de 20 000 almas.

¿Puede considerarse lo mismo el Roque? ¿Llega a esta altura el Aguacate? Nó. Merecen sí, tanto el Roque como el Aguacate, como todo pueblo cualquiera, que no se les relegue al abandono, por el hecho de que sean pueblos pequeños cuya vitalidad solo dependa de la vida agrícola de sus contornos. Deber de los gobiernos es mirar por la salud y por los intereses de esos habitantes, tan dignos como los de los grandes centros y por tanto derecho como el que más. Pero, no será dificil convenir en que allí en donde el peligro es mayor, y los daños son más grandes, y más pobladores lo exigen, y los intereses son más firmes y arraigados ; allí hay que llevar primero la acción eficaz del poder.

Pero hay más argumentos todavía que abonan la prioridad de Sagua para que el Gobierno se ocupe con preferencia de la suerte de este pueblo. El segundo río de Cuba, por su extensión y por su caudal, es el río Sagua La Grande, que nace en la Sierra del Escambray, y en su curso de 35 leguas recoge las aguas de varios afluentes, pero particularmente de dos que por sí solos son tan caudalosos como un río cualquiera de los muchos tenidos por importantes en el sistema
hidrográfico de Cubay desembocan en el mar. Lo que ocurre desgraciadamente en el Roque y en el Aguacate, y en Jagüey Grande, y en San Nicolás, son verdaderas inundaciones, desde luego perjudiciales y trastornadoras. Pero eso no es lo que en Sagua pasa. Aquí está el punto de confusión y el que es preciso a todo trance distinguir.

En Sagua, cuando su río se sale de cause, hay un cataclismo en toda forma y con todas sus terribles consecuencias. El inmensísimo caudal de aguas que recoge en las treinta y cinco leguas de su curso, a manera de aluvión terrible, se abalanza sobre la población en forma de torrente impetuoso y horrible que arranca casas enteras y es capaz de ejercer su prepotentísima fuerza sobre un puente de hierro de ciento ochenta toneladas de peso y que presenta pocas superficies de resistencia al empuje vertiginoso de las aguas. Cada calle de la población es un torrente prodigioso y aterrador. Esto, en que Sagua se vió en el primer tercio del siglo pasado; que se repitió con espanto y desolación el 24 de Septiembre de 1894 y que ahora, en los días tristísimos y fatídicos del 16 y el 17 de Junio se presenció de nuevo no es una simple inundación con sus lamentables consecuencias. Nó. Es la sentencia de muerte de un pueblo grande, rico, próspero, comercial, industrial, agrícola y que ya tiene caracteres propios en el concierto de los pueblos del Mundo.

Urge e interesa, pues que no se confundan los términos del problema general de desagüe y salvación de pueblos , que el gobierno tiene sobre el tapete, o que, si no lo tiene todavía, debe ponerlo sin pérdida de tiempo, Sagua La Grande es, como antes dije, una población de las más importantes y cultas de la República. Sagua La Grande, aun suponiendo que es diez leguas de circunferencia no tuviera un solo sitio de labor, una mísera huerta, vivirá siempre sin esas fuentes agrícolas de riqueza; y vivirá, digo, porque es plaza comercial con vida propia, porque es un centro de transacciones; porque es un mercado consumidor y abastecedor; porque es un puerto para las facilidades civilizantes del tráfico internacional.

Pero Sagua La Grande no podrá vivir; los capitales se retraerán mucho; sus habitantes que puedan cambiarán la residencia a otros puntos; la despoblación será inminente y la propiedad se srruinará, si el Gobierno – el Congreso y el Ejecutivo – no procuran dar el valor genuíno que tiene al problema capitalísimo de la salvación que se impetra e invierte aquí los dineros que sean menester hasta lograr que el río deje de ser una amenaza, como no lo es el Sena para París, el Danubio para Budapest, el Támesi para Londres, el Tiber para Roma, el Guadalquivir para Sevilla, y en una frase, como no lo son todos los ríos para todas las ciudades en que los Gobiernos respectivos hayan sabido defender y salvar la salud y los intereses de sus administrados.

La intranquilidad y la desconfianza, toman cuerpo. Por doquiera se oye decir de familias que emigran, de casas comerciales que entran en el período de liquidación. Yo sé de una casa de comercio por la que se ofrecían días antes de la catástrofe siete mil pesos, y el dueño hoy la da en tres mil con tal de poder marcharse de Sagua. Esto es horrible y desconsolador, y es tanto más repugnante el tener que decirlo y que en efecto se vea suceder, cuando nos damos cuenta de que el Tesoro Nacional al decir de los balances que la Secretaría de Hacienda publica periódicamente, se encuentra repleto de oro. No se deje perecer a un pueblo por la tonta vanidad de presentar ante el mundo exterior unas arcas repletas.

Pero todavía hay más recriminaciones, si cabe justificadas y que andan de boca en boca. El pueblo; y en ese concepto entiéndase que no comprendo, al uso de los politiquillos y politicastros, a la masa ignora que se lleva y trae cual manada de corderos para fines puramente egoístas y bastardos, sino al conjunto de los distintos elementos que constituyen una sociedad humana; el pueblo, repito, en sus expresiones individuales y colectivas más caracterizadas, es decir, del capital, del trabajo y del talento, hoy piensa unicamente en la necesidad de que el Gobierno no haga con Sagua lo que ha hecho con la Vuelta Abajo con motivo de la pérdida de la cosecha de tabaco. Ese pueblo observa que en las Cámaras se votan créditos fabulosos para acueductos en ciudades favorecidas por la diligencia y trastienda de sus políticos representantes, siendo así que se trata de obras de carácter municipal; que se conceden créditos inmensos para tal o cual edificio público, también en poblaciones privilegiadas con hijos que forman parte del grupo afortunado de los que dirigen la cosa pública; vé ese pueblo que no pasa una semana sin que a fulanito, a mengano, o a esperancejo se le den 5 ó 10 ó 20 ó 100 mil pesos para que los invierta en lo que le de la gana y sin que preocupe el hecho de que haya cobrado ya antes sus servicios con creces, o de que la misma circunstancia que le abona el favor recibido, la tengan muchos otros en escala más humilde. "Hay dinero para todo esto – dice el pueblo –pero falta siempre o se escatima cuando se trata de las grandes calamidades." Y hétenos con que se empieza a desconfiar de la acción del Gobierno, al que se acusa de apático y de indiferente antes los grandes males del país. Y creo en verdad que fundándose el pueblo en las enseñanzas de la historia, no va descaminado. Al siguiente día de la horrorosa inundación de 1894, el Gobierno de madrid puso a la disposición del de Cuba para atender a las primeras necesidades, la suma de $ 50 000; y los recursos de toda índole y de todas partes, llovían. Pues bien; el pueblo de Sagua La Grande no ha visto todavía al Gobierno de la República actuando.

_______________

Sagua La Grande, 22 de Junio de 1906.

Señor Director de "El Mundo" – Habana.

La inundación ha sido suficiente a producir pavor en el ánimo más templado y lo bastante arrolladora para causar los mayores estragos; pero si valor hubo para soportar con estóica abnegación la acometida furiosa del desencadenado elemento, y las medidas que con prelación se adoptaron hicieron menos sensibles las pérdidas generales, eelo ni con mucho quiere decir que se abandone el problema capital e ineludible de hacer, sobre la marcha, los estadios y obras consiguientes a evitar futuras hecatombes.

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martes, 3 de noviembre de 2009

Detalles de la Inundación de Sagua La Grande en 1906

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… continuación del relato, minuto a minuto, de Antonio Miguel Alcover, sobre la gran inundación del río Sagua La Grande en 1906.

VARIOS DETALLES


Voy a terminar esta carta con algunos por menores ligeros.

El comportamiento de los bomberos, policía y rural, ha sido admirable y digno de recompense.

El alumbrado público tanto eléctrico como de gas, ha comenzado a prestar servicios, gracias a la actividad del gerente de dicha empresa, señor Gerardo J. Romero.

De la Isabela mandarin el 19 un tren de auxilios con embarcaciones menores.

Muchas familias salieron del pueblo en las primeras horas del día de la inundación, con dirección a la Isabela y Chinchila.

Los presos de la Cárcel fueron trasladados a la casa Ayuntamiento.

El agua no llegó al Hospital, como tampoco a un espacio reducido de Sagua, al cual, el pueblo llama, “El Cayito”, “Loma Bonita”, y “La Islita” (Céspedes y Carrillo).

El comerciante señor Pablo Sampedro ofreció pagar la mitad del importe del tren expreso que conduzca la Comisión a esa Capital.

El río no ha concluído su descenso.


Sagua La Grande, Junio 19 de 1906
Sr. Director de “El Mundo”

En mi carta anterior, referísolamente los puntos más culminantes de la catástrofe en sus momentos primeros y críticos. Voy a dedicar esta de hoy a tocar otros efectos del mal y concretar algunos puntos que es preciso pasen a la categoría de indiscutibles para que no se confundan con otros análogos.


DESGRACIAS PROPIAS

Empezaré por mí, que pluma en mano para reseñar cuitas agenas no había de condenarme a la postergación por exigencias de la tonta modestia, virtud esta que, probado está, no es la mejor amiga de la fama y de la popularidad de los hombres del día. Conozco más de una “nulidad” que ni siquiera ha posido llegar a la considereción de medianía y, sin embargo, es todo un “ilustre”. Y no digamos nada de los “virtuosos” que, por no dar la modestia al amigo periodista, se hacen su propia apología y se ensalzan a sí mismos con una san facon que causa enojo, porque esto es cosa ya que pasó a la série de los “modernismos”. Y, después de todo, el caso es natural. ¿Quién mejor que uno mismo puede conocer los méritos propios? Y si para complementar la obra humana de la auto-glorificación, está la imprenta, ¿Cuándo fueron desdeñosos con los osados las “negras hijas de Cadmo”?

Pues bien, con ese criterio por bandera, no es difícil justificar la actitud, por de contado corriente, que asumo, de no dejar en el olvido, en defecto de mis “méritos” como hombre de pró en los momentos de la inundación,”lo que he sufrido en mis intereses por hacer el papel de Don Quijote en un pueblo, por fortuna noble y digno, aunque desgraciado, sin embargo, porque lo azotan despiadadamente los elementos y lo agitan unos cuantos tipos logreros de procedencia extraña, más interesados en su bien personal que en el bienestar general.

Habiera salvado totalmente mi imprenta si hubiese sido más práctico; pero el Alcalde solicitó mi concurso desde los primeros momentos y yo, que en eso de ser “Quijote” me pinto solo, porque no en balde mi madre me llamaba cuando niño. “candil de la calle y oscuridad de la casa, “lo abandoné todo a la buena voluntad y diligencia de los míos, y aguantando agua por arriba y recibiéndola después por abajo, hasta la cintura, anduve de Ceca a Meca con la primera autoridad local en funciones, modelo de autoridad, que imitando también al personaje clásico del manco de lepanto, hizo otro tanto igual con su familia y con sus intereses.

El que no tenga frases de elogio y de gratitud para el digno hijo de Sagua que hoy por sustitución y en contra de su voluntad, rige los destinos municipales de este desventurado pueblo, es o un vecino pernicioso o un hijo espúreo. Yo lo ví en los lugares de más peligro, hasta que no le fue posible hacer humanamente más nada, en tanto que otros, que se creeen merecedores a todo, presenciaban con tranquilidad e impavidez burlona, las cosas, desde las puertas de sus casas.

Hubo necesidad de imprimir, como decía en mi anterior, la alocución al pueblo y no había imprenta que aceptara el trabajo. Alfert me dijo: “Alcover, hay que hacerlo; la salvación del pueblo lo demanda, etc”. Y venciendo la natural resistencia de mis operarios, digo, de los obreros de mi casa, Antonio Cotilla, Rogelio Rojo y Filiberto Alcover, a los cuales encontré atareados en la obra de salvamento de la imprenta, logré al fin que la pusieran en tipos la alocución y que tiraran tres o cuatro mil hojas volantes. Acabaron a las 10 a 11 de la mañana y se fueron los unos a sus casas y mi hermano a prestar servicios como bombero, quedando la imprenta a merced de la suerte, que me fue adversa.
El lunes por la mañana, después de toda mi caballería andante, fuíme a la imprenta, y aquello era una calamidad. Las máqunas todas enmohecidas, las cajas en el suelo y titulares confundidos en el fango; la papelería echada a perder y una caja entera de magnífico papel corona que tenía para “La Historia de Sagua” toda ella, la caja, deteriorada. Nada: ladebalaque, como diría Diaz, el ex-alcalde colonial de la Habana. De suerte que pudiendo haber salvado mucho mío, lo perdí todo y nadie me agradecerá el sacrificio. Pero, valiente tonto soy que aún creo en la justicia de los hombres.
Alcover
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lunes, 5 de octubre de 2009

Inundación de 1906. Tercera Parte

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Narración de Alcover, minuto a minuto.




ANTECEDENTES

Mis telegramas puestos en los momentos críticos, lo mismo durante la primera avenida que al iniciarse la segundoa que culminó con la catástrofe habrán dado a conocer a los lectores de “El Mundo” el proceso inicial de este hecho terrorífico y espantoso que ha dejado sumido a un pueblo en la mayor consternación.

El 24 de Septiembre de 1894 una inmensa creciente cubrió en su totalidad a Sagua, sembrando el espanto y la miseria en todos los hogares, desalentando a los capitalistas y amenazando con el aniquilamiento a una de las más importantes plazas comerciales de Cuba. El gobierno español, por un lado, y por el otro las poblaciones todas de la Isla, enviando sus auxilios, constribuyeron al reincremento del pueblo que cual nueva Ave Fénix, renació de entre sus propias cenizas. El desfile habría empezado ante el peligro constante, pero las gestiones practicadas en el sentido de evitar la repetición del ma, volvieron la confianza a los espíritus. Además, aún cuando este río crece regularmente dos o más veces cada año, por los meses de Mayo y Junio, Septiembre y Octubre, no es menos cierto que las inundaciones totales fueron raras, rarísimas, en una frase: desconocidas para los pobladores actuales. En el primer tercio del pasado siglo (1837) hubo una gran inundación que cubrió toda la llanura hasta las faldas de la Serranía de Jumagua. Desde entonces hasta llegar al 1894 solo había habido crecientes más o menos grandes, pero que tenían tan acostumbrado a este pueblo que casi las tomaba como un espectáculo para recreo de la vista. Al acontencer la catástrofe referida del 94, la conformidad, no obstante, bien pronto se apoderó de todos, pues nadie podía pensar que fenómeno tan funesto pudiera repetirse a cada rato.

Sin embargo, la prensa local no ha perdido oportunidad de hablar sobre tan vital cuestión. El que escribe, entre otros, ha emborronado muchas, pero muchas cuartillas, previendo siempre la “reprisse” de la tragedia del 94. Lo mismo que si se predicara en desierto. Pero hay que ser justos. El gobierno colonial está en parte disculpado porque a los cinco meses de ocurrir la gran inundación, estalló la revolución, y bien sabemos todos que en esta etapa de la historia de Cuba poco o nada podían importar a los gobiernos de Madrid, las desgracias de un pueblo de Cuba. La cuestión, sin embargo, como queda dicho, se ha planteado distintas veces al Gobierno de la República.


MOMENTOS DE ANSIEDAD

Con las primeras aguas de Junio, el río empezó su crecimiento adquiriendo proporciones alarmantes, pues llegó a besar el borde de la acera del portal del Casino Español, uno de cuyos frentes da precisamete al río. Pasé mis telegramas a “El Mundo” que no faltó quien calificara de exagerados, por más que ni eso valió para que viéramos que el Sr. Secretario de Obras Públicas se tomara la molestia de enviar- como pasa en cualesquiera otra de las naciones del globo – una comisión de ingenieros para que estudiara el mal.

Pero el río empezó su descenso y ya no me tomé tampoco yo el trabajo de ir por sus laderas a observar su aplacamiento. Esta actitud mía quizá sirva de justificativo al aludido Sr. Secretario que como antes digo, maldito si se ocupó de que a este pueblo se lo tragara el caudaloso Sagua La Grande. Por ventura ni leyó los telegramas, no obstante que esa redacción los encabezó con negros y llamativos titulares. Pero no recalquemos ahora la recriminación, que ya llegará el momento por sus pasos contados.

El 14 por la media noche, rompió a llover de nuevo en forma torrecial. Lo de menos sería que en Sagua estuviera cayendo agua del cielo por año corrido, pues esa lluvia no constituye ninguna amenaza. El mal está en que llueva por Santa Clara, nacimiento del río y por la zona que riegan sus afluentes. Y esto era lo peor que ocurría. Al amanecer del 15, empezó a circular la noticia de que el río venía “metiendo mucho agua”, que es la frase corriente; y tanta agua metió, que a eso de las seis de la tarde, el nivel de la superficie líquida distaba de la cama del puente solamente unos 6 pies. Empezaron a cruzarse los telegramas con la autoridad provincial y otras municipales, cuyas informaciones en respuesta eran bastantes para sembrar la alarma: llovía en todas partes, y llovía a cántaros. El río mientras tanto, seguía subiendo y el pueblo entrando en zozobra.


EL DIA DE LA CATASTROFE


Amaneció el 16 de Junio. Al despertar yo eso de las cuatro de la madrugada, sentí que llovía fuerte, abrí el postigo de la ventana de la habitación y observé un cielo cerrado, negro, muy negro por el sur. Espectador del cataclismo del 94, me dije: “malo, malo está esto”, y pronto me vestí y me eché a la calle. Fuíme al Casino, punto que sirve de anfiteatro a los curiosos y observadores y ví que el río estaba a una pulgada escasa del piso del portal. Y seguía lloviendo en la provincia y la corriente con una velocidad vertiginosa.

Dándome cuenta entonces de mi cargo de corresponsal de “El Mundo”, me dispuse a entrevistarme con el Alcalde Municipal P. S. mi querido amigo el Sr. D. Carlos Alfert y a recorrer lugares apartados de la Villa por donde también pasa el río y tiene este su comunicación con la siempre y por donde quiera que se la mire funesta laguna de Hoyuelos. Llovía a cántaros y el viento era tan fuerte que se me rompió el paraguas y el agua me calaba las ropas. A las 7 de la mañana me encontraba de regreso en el centro del pueblo. Ya no me quedaba la menor duda de que Sagua se vería inundada antes del mediodía. Aún me tropecé con incrédulos, con algunos de esos sabios que todo lo saben y nada ven que me decían que el río, cuando más, llegaría a la calle Colón. Ví el Alcalde, y vi al hombre apurado, pero confiado, sin embargo, en que acaso tuviéramos la suerte de que no se diera la repetición del cuadro terrible de 1894. Sin embargo, celoso de su cargo tomada medidas y corría de un lado para otro bajo el torrencial aguacero.

Fui al telégrafo y puse otro parte a esa publicación. Salí de la estación y me dirigí al escritorio comercial del Sr. Alfert que en aquel instante salía con la alocución anunciando al pueblo la proximidad del aluvión terrible. Tuve que llevarlo a hacer en la imprenta de mi propiedad, porque todas las demás habían desarmado totalmente sus equipos respectivos. Mis cajistas que estaban locos poniendo en salvo todo el material de la casa y que a duras penas si se desenvolvían con franqueza, porque la fuerza del viento, acompañdo de la lluvia, hacía que las puertas de la calle estuvieran cerradas, faltando la caridad tan necesaria adentro para trabajar, mis cajistas, repito, me objetaron que era materialmente imposible hacer el trabajo no solo porque era largo sino porque no había tiempo. Tuve que arengarlos casi, haciéndoles comprender que por humanidad estábamos obligados a llevar la fatal nueva al último hogar del pueblo para que la salvación pudieran por igual alcanzarla todos, les dije que la apatía característica de nuestro pueblo era causa de que muchas familias permanecieran todavía tranquilas sin que nada preparado; y por último para que no me opusieran más reparos tronché la alocusión oficial y dejé reducida a lo siguiente:


ALCALDIA MUNICIPAL
AL VECINDARIO

“El estado de la creciente del río y la continuación de las aguas, hacen presumir que de las 12 a la 1 del día puede estar inundada la Villa en todos sus lugares.”

“Los vecinos deben elevar sus muebles, efectos y todo cuanto tenga algún valor, a la artura que sea necesario.”

“Es así mismo oportuno que se vayan colocando las familias en los lugares que cada cual elija para evitar atropellos siempre perjudiciales. También cada familia debe adquirir víveres para 24 horas por lo menos.”

“Cada familia debe tomar del Acueducto y de los algibes aún no inundados, agua para dos días, economizándola todo lo posible.”

“Por último, si por desgracia las aguas cubrieran todo el pueblo, todos deben dar muestras de calma y serenidad que es lo que en las grandes ocasiones evita mayores peligros.”

“Esperamos en la Providencia que todas estas indicaciones sean innecesarias y tengamos todos calma y valor para soportar la adversidad.”

“Sagua La Grande, 16 de Junio de 1906
El Alcalde P.S.
Carlos Alfert”

A las 12 del día, la banda de cornetas del benemérito cuerpo de Bomberos del Comercio, por órden del Alcalde, empezó a tocar “sálvese el que pueda”, y aquello fue entonces atroz. Habría que ver como corría el pueblo de un lado para otro, buscándose los unos a los otros, procurándose lugar de salvación, proveyéndose de víveres los que podían o eran previsores, y contratándose carpinteros y peones por todas partes para el salvamento de muebles y efectos. A todas estas lloviendo a cántaros, porque el agua no cesó ni un momento. La hora del pánico general había llegado.

LAS AUTORIDADES

El señor Alfert cumplió como bueno. En la calle constantemente, dictaba por momento órdenes de carácter general y verbales. Le auxilié en cuanto pude como secretario particular que me hizo en esta agitación. La comunicación telegráfica con el señor gobernador civil, era constante. La autoridad provincial estuvo dignísima y merece caluroso aplauso. Todas las miradas de la muchedumbre arremolinada en la calle de Martí a la vista del puente, esperaba de un momento a otro la caída de la monstruosa superestructura férrea; pero el Alcalde, previsor, mandó a unos abnegados obreros a que destruyeran las barandas, a fín de evitar que al detener estas las empalizadas arrastradas por la impetuosa corriente y servir de obstáculo o contén al agua, fueran a ser la causa de un derrumbamiento. El agua ya batía el costado del puente y seguía subiendo amenazadora.

Invitado atentamente por el señor alcalde municipal, fuimos en coche, acompañados de otras dos personas, a recorrer la población, visitando la casa Ayuntamiento, la cárcel, el hospital,las estación de ferrocarril, plaza de mercado, el rastro y, en una frase, las calles todas de la Villa. Cuando recorríamos ese trayecto, ya el pueblo empezaba a inundarse. En la calle de Colón, a dos cuadras del “paso” entramos con el coche hasta donde el agua nos llegaba a 6 pulgadas del asiento, para recoger a una anciana y un niño que valerosamente trataban de salvar unos bomberos. Recorriendo constantemente las calle sestuvimos, metiéndonos inclusive en lugares peligrosos, hasta las cinco de la tarde, hora en que cansada la bestia que arrastraba el vehículo y sitiados por el agua, decidimos ponernos a salvo. El alcalde tomó el caballo de un vecino y se echó al agua y yo me fui al alto interior del establecimiento de víveres y panadería “La Vascongada”, sita en la calle de Solís esquina a la de E.J. Varona en donde ya tenía desde las once de la mañana en salvo a toda mi familia.

Al llegar a este punto no resisto el deseo de hacer una pública demostración de gratitud a los dueños de dicha casa comercial, señores Médez, Azpiaza y Compañía, que se colocaron a una altura envidiable, colmándonos a todos los refugiados en su casa, de infinitas atenciones y haciéndonos menos sensible la desgracia, pues pusieron su cocina, su tienda y sus personas y las de sus dependientes a la disposición de todos sin cortapisas de ningún género. Igual hicieron después cuando a las puertas de la casa “atracó” un bote tripulado por unos atrevidos vecinos que venían en busca de víveres para los salvados en la casa escuela Machado.

LA INUNDACION.


A las cinco y media de la tarde, Sagua estaba bajo las terribles y enturbiadas aguas del Undoso.
A las siete de la noche había una vara de agua en el patio de “La Vascongada”.

Lo demás que ví durante la inundación, lo vi desde el tejado de la casade los señores Méndez, Azpiazu y Compañía.

La noche iba entrando, obscura y lóbrega, en tanto que el agua, con una corriente intensísima y arrolladora y produciendo un ruido de torriente despeñado, sembraba el espanto de todos los semblantes. Para calmar la nervosidad, natural de las mujeres, teníamos que mentir y decir que empezaba el descenso cuando con más rapidez crecía el furioso elemento.

Nada hay más aterrador que el espectáculo de una inundación en medio de una noche lluviosa y obscura. Tanto el alumbrado eléctrico como el de gas estaban interrumpidos y para colmo de desgracia,el acueducto no funcionaba . Desde el tejado a donde me subí, quise ver algo; pero ¡quiá!. La obscuridad era aterradora y el ruido monótono del agua chocando con fuerza contra los obstáculos, causaban un efecto infernal.

Continúa la narración de Alcover…



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Más sobre las inundaciones de Sagua La Grande en el Website:

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viernes, 13 de marzo de 2009

El Ciclón 2 de 1882 en la Jurisdicción sagüera

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En la noche del lunes 4 de Septiembre de 1882 el huracán # 2 de la temporada ataca a la población por dos días trayendo pérdidas económicas.
En la Isabela , 4 lanchas se fueron a pique y la goleta inglesa L.M. Palmer cargada de azúcar.
En Encrucijada catorce casas vinieron al suelo y huvo desgracias humanas.
Aunque pasa al Sur de la región sagüera sus vientos y lluvias afectaron los días 4 y 5 a toda la zona.Con rumbo Oeste y Fuerza 1, el huracán continuó por el centro del territorio cubano.
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