jueves, 6 de septiembre de 2012
Tronada en Uvero de Sagua
domingo, 26 de agosto de 2012
En estos momentos el ciclón Isaac sobre los cayos de Sagua
En estos momentos ( 8:00 AM) el Ciclón "Isaac" se encuentra exactamente sobre los cayos de Sagua La Grande en la longitud 80 y la latitus 23. (domingo 26 de agosto de 2012).
miércoles, 24 de febrero de 2010
El Puente y El Muelle , Inundación del Sagua La Grande en 1906
-
EL PUENTE
Y ahora, tocados los dos extremos más sobresalientes del problema que Sagua ofrece para su resolución al Gobierno, pasemos a otras cuestiones de positiva importancia también. El puente y el muelle. Esas dos obras públicas han sido, la una muy azotada, presentando enormes desperfectos que serán costosos, y la otra totalmente destruída.
De la obra del puente no quiero ocuparme porque tengo para mí que será acometida a todo escape. Aquello ofrece un grandísimo peligro y no deja abandonada una obra nueva que acaba de costar como treinta y cinco mil pesos. La barandas de concreto que estaban en las entradas del puente, hay que reponerlas de nuevo y rellenar la profunda excavación que el agua hizo por el estribo de la parte del barrio de San Juán. La superestructura, por este extremo de San Juan, ha cedido en una pulgada y cuarto al empuje de la corriente, movimiento que prueba uno de los tornillos que sujeta la cabecera libre sustentada sobre los rolletes para las dilataciones del hierro. El deterioro sufrido por el puente puede calificarse de serio, y de seguro algunos miles de pesos costará volverlo a su antiguo estado.
EL MUELLE
El muelle es una obra de carácter municipal que, de dejarse a la solvencia del Ayuntamiento, acabará por volver a ser “alimento de la próxima creciente.” No se sabe ya cuantas veces el río ha convertido en juguete de sus furias al muelle municipal de Sagua. Cualquier avenida, por pequeña que sea, cubre el piso de esta obra pública; y cuando tiene tinglado, se lo lleva. ¿Es juicioso hacer lo mismo, gastar otra vez dinero en repetir la obra, para que tal sea su fín inprescindible? Nó. La rutina en este caso, más que majadería perniciosa, sería una obstinación estúpida.
El muelle, hecho ahora con recursos del estado, porque el Ayuntamiento ha gastado en sus distintas composiciones y reconstrucciones algunas decenas de miles de pesos, debe hacerse totalmente nuevo, a la altura de la calle de Colón, a cuyo nivel de seguro que no llegará el río y mucho menos si se llevan a cabo las obras que se demandan. La estacada puede ocupar todo el espacio que hoy cubre el muelle y también el espacio de la calle para atraque de carretones comprendido entre el muelle y el muro que demarca las calles de subida. La estacada puede asimismo ocupar todo el declive que forma la calle paralela al muelle que se comprende entre el muro que llaman del muelle y el que sirve de contén a la antiguamente denominada “Plaza de los alambres;” todo esto cubierto con tablones. Por las calles de E. J. Varona y Luis Mesa, procede construir nuevos muros laterales y hacer el relleno de piedra, llegando por ambas calles el muelle hasta la calle de Colón. Con un muelle así, que tenga además buenos yigres, en lugar de bueyes como hoy se estilan, y un gran tinglado o almacé de depósito, habrá resuelto Sagua y su comercio el problema de tener muelle para siempre sin temor a las crecientes.
Tales son las obras que, hoy por hoy, demanda la abatida Villa de Sagua La Grande.
miércoles, 10 de febrero de 2010
La obra del río (inundación de Sagua La Grande 1906)
...Continuación de la narración de Alcover en 1906...
La obra de incuestionable necesidad y urgencia, es la del desagüe del río. Esta es perentoria, inminente, urgentísima, palpitante. La vida de Sagua la demanda a gritos estentóreos. Encuéntrase hoy este pueblo en el estado de esos enfermos graves que requieren de la inmediata intervención quirúrgica; si así no se hace, muerenirremisiblemente. Si enseguida no se procede a estudiar el problema del desagüe y la obra no se acomete con decisión y prontitud, podremos decir que la República ha dictado su fallo inexorable:
“Delenda est Sagua”
Y destruída sea por el abandono en que se deja, a merced de la furia del río que la baña.
Federico M. Alcover, ingeniero civil, de la Escuela de troy (Albany, N.Y.) y tío del que suscribe, -fallecido el pasado año – era un conocedor inteligente de toda la comarca que riega el Sagua temible. Como cuarenta años hacía que venía midiendo terrenos por la jurisdicción y conocía el río al dedillo, como suele decirse. Muchas veces, sin que jamás lo hubiera visto variar de criterio, me dijo: - “No me diera Dios trabajo más difícil de vecer en la vida, que llevar a cabo esa obra que llaman tan romana, de poner el río en condiciones de que, por los siglos no ofrezca peligros para Sagua.”
Y el ingeniero Alcover decía: “hacer un desagüe por medio de una zanja o canal en Sitiecito o antes de llegar a esta Villa, buscando el consiguiente derrame de las aguas por un plano inclinado que las conduzca a la costa del Este; después, ahorrar millas entre Sagua y la boca del río, es decir, ofrecer rápida y franca salida, rompiendo los tornos y destruyendo las pasas. Si se quiere más, una zanja ancha entre el demolido ingenio “Pastora,” (situado a la derecha del río, entre Sagua y la desembocadura) y la playa del Uvero, en su mayor parte terreno cenagoso, y se habrá conseguido librar a Sagua de toda posibilidad de inundaciones.
Esa, u otra, es la obra que hay que realizar, cueste lo que cueste, porque así lo demanda uno de los pueblos más cultos, más conocidos, más bonitos y acaso el más castigado de Cuba.
No hay que pensar en canalización ni en cosa parecida. La importancia comercial de Sagua no es suficiente a demandar la inversión de una porción de millones de pesos, que a tanto ascendería la obra en que piensan muchos ilusos. Sublime sería que se hiciera; pero, gracias que conmovamos a nuestros legisladores a fin de que nos dediquen un millón para lo que necesitamos, o un poco más si fuese menester. Nada de más exigiríamos. En estos críticos momentos estamos viedo que solo para dar agua a Camagüey se concederán $ 600, 000 y por ahí otro tanto se concedió antes a Santiago de Cuba para obra análoga. Acaso el puerto de Cárdenas, sin resultado positivo alguno al fin, cueste al Tesoro nacional algunas millonadas y no costará menos el paseo del Malecón en esa Capital. En buena hora sea todo y para todos; pero de ahí que Sagua, en estos momentos necesita de mucho menos de lo que suman esos beneficios citados. No es cuerdo,ni legítimo, ni patriótico discutirle el derecho a la vida y la tranquilidad a un pueblo que honra como tal, desde el punto de vista urbano y del comercial, a la nación cubana.
miércoles, 20 de enero de 2010
Inundación de 1906, Desaliento del Pueblo / Sagua La Grande
DESALIENTO DE UN PUEBLO

Continuación de la narración de Alcover hora tras hora...
-
"Al día siguiente de la inundación, la prensa de La Habana llegada a Sagua, dada cuenta en sus columnas, bajo el rubro común de “Las inundaciones de la Isla.” De todas aquellas otras calmidades de esa índole acaecidas por estos días en los distintos poblados del territorio cubano.
"De Sagua que acaba de sufrir imcomparable golpe por la mano despiadada de la naturaleza, ni una palabra se ha encontrado en estos grandes rotativos. El caso, raro para las gentes que no tienen paciencia, explicado está, sin embargo, en la circunstancia de la incomunicación en que estuvimos y en las dificultades mismas con que, después, ha tropezado la comunicación. Las informaciones llegaron algo retrasadas a La Habana, y por consiguiente, la prensa de esa capital no pudo ocuparse de la catástrofe de Sagua con la oportunidad que todos quisieran."
"Pues bien: esta pequeña e involuntaria demora, fue calificada por el pueblo de Sagua como de indiferencia por parte de La Habana ante la gravedad del mal aquí ocurrido; y no solamente a lo dicho se concretó el descontento, desde luego infundado por ese lado, sino que entró un gran desaliento, desaliento que aún reina, porque se ha visto con pesar profundo que tanto por la prensa como por el Gobierno, se han dado las mismas proporciones a unas inundaciones que a otras, siendo así que nada hay más erróneo que confundirlas como idétincas calamidades solo diferenciadas en las proporciones."
"El pueblo de Sagua desconfía de su salvación, y desconfía por esa apreciación que acabo de exponer. Ve o quiere ver que con Sagua no hay distinción, y prepara el petate. No piensa más que en abandonar la Villa."
"Poco costoso, por ejemplo, sería que el Roque, el Aguacate, el perico, San Nicolás y otros sitios, mudaran de asiento levantado sus respectivos caseríos. Sus casas, casi todas de madera y pequeñas, podrían trasladarse a otra situación más elevada y conocida ya como libre de las aguas, pero Sagua …… Sagua no puede mudarse como la loma de Rodas, Sagua acabará por despoblarse: los comerciantes e industriales irán liquidando paulatinamente o vendiendo por una bicoca, para retirarse a otros puntos; los propietarios verán si pueden traspasar sus fincas a otras manos, a cualquier precio; los compradores de gangas no abundarán, porque la despoblación misma hará que falten inquilinos y que los alquileres sean muy bajos. "
"El miedo de morir ahogados o por el desplome de un edificio; el temor de perder los capitales invertidos y la ansiedad latente ante la amenaza de un enemigo tan permanente, acabarán con la vida de Sagua, y este será un pueblo ruinoso, pobre y desprovisto de sus alicientes, de sus atractivos de ayer, y aún de hoy."
"Urge, por consiguiente, y de urgencia es vital, que se ateje el desarrollo del malestar general que impera. No se oye más que hablar de cambios de residencia, de liquidaciones de cierre. Cese esa natural desconfianza; pero cese por la actividad y buen deseo que demuestre el Gobierno. "
"Si los vecinos, los comerciantes, los industriales y los propietarios ven que las obras del río comienzan; renacerá la confianza y lejos de decrecer Sagua, aumentará, pues esas obras de salvación redundarán por descontado, en bien del comercio mismo y de la navegación fluvial que tomarán grande incremento; esto aparte de que el numeroso contingente obrero empleado en las obras, dará vida , con la inversión de sus jornales en la compra de artículos de primera necesidad y de otras clases, al movimiento mercantil de la plaza."
martes, 5 de enero de 2010
Inundación 1906, pérdidas y conformidad
LAS PERDIDAS
"La pérdidas, digan lo que quieran algunos comerciantes de La Habana, que no quieren ver aquello que no les conviene ver, son de consideración, pues si bien es cierto, muchos tuvieron lugar y elementos para poner a salvo la mayor parte o totalidad de sus existencias, eso no excluye la razón de la desgracia tenida por otros, ni nadie es capaz de desmentir que el mismo movimiento violento practicado dentro de cada casa no equivalga a un trastorno perjudicial a los intereses del comercio, paralizado, entorpecido en su marcha y sufriendo, por tanto, positiva merma, como consecuencia natural de la catástrofe. "
"Aquí, en Sagua, los establecimientos mercantiles no son esas tiendas mixtas que caracterizan el comercio de las poblaciones de campo; especies de casas de madera, de bajo puntal y soportales con piso de tierra, en donde el campesino amarra su cabalgadura y en cuyo interior, detrás de un largo mostrador la bodega se confunden con la perfumería y puede el marchante, por consiguiente ¡ proveerse en ellas de víveres, ferretería, loza, quincalle, ropa, sedería, sombreros, zapatos, etc, etc. "
"No se equivoquen de manera lamentable los que crean de igual corte a los establecimientos de Sagua. Tan bien montados como los de cada giro en La Habana, algunos son lujosos y elegantes. Pues bien: esos establecimientos aparecen hoy destartalados y sus mostradores y aparadores descoloridos y deformes por la acción del agua. En los almacenes, la obra del salvamento fue más dificultosa, y claro está, que también han perdido. Pero, en donde más se ha hecho notable la obra del aluvión, ha sido en las industrias. La fábrica de chocolates “La Flor Cubana” de Urroz y Oyarzum; la fundición y taller de maquinaria “Sagua”, arrendada por José Gutiérrez; la fábrica de hielo “La Tropical” de lso Sres Arronte y Hnos; el taller de aserrar maderas y calera, de Valentín Arenas; los talleres de “The Cuban Central Railways Lt”, el alambique “El Infierno” de los señores José M. Beguiristain, S. en C. , etc, etc., han sufrido de una manera tan atroz que si el mal no se remedia, acaso se tenga que dar por fenecida alguna de las industrias. "
"El número de casas arancadas, destruídas o averiadas, es también regular, sin contar que, no obstante haberse salvado muchos mobiliarios de casas particulares, no han dejado de ser de consideración las averías. Tiempo hubo para salvarlo todo y censuras merecen muchos que no tienen justificación para su abandono; pero, séase por apatía, por confianza, por despreocupación o por incredulidad, grandes desperfectos ha ocasionado de todas maneras en las residencias familiares, la tremenda inundación. "
CONFORMIDAD CONDICIONAL
"Dice el refrán que “no hay mal que por bien no venga,” y sí la catástrofe que acaba de sufrirse ha de ser para mejorar las condiciones de Sagua, démosla por bienvenida entonces. Los momentos de anciedad, el martirio, las desazones, las angustias, los instantes de terror, las pérdidas, las consecuencias inmediatas, y en una frase, la gravedad del cataclismo, aceptémoslo todo como cosa sin remedio y oportuna, con tal de, al fin, la obra suspirada del arreglo del río, venga enseguida y la composición y desagüe total de las calles de Sagua, sean un hecho consumado, por cuyo importante motivo se de ocupación a los miles de obreros que han dejado de tener trabajo en los campos por la terminación de la zafra. "
"En mi correspondencia anterior abordé la cuestión de apreciación entre las distintas inundaciones de Cuba, con el objetivo de evitar que, por confusión de los términos del problema general de Cuba, se tomara como igualmente primordial una que otra en lo que toca a la urgente necesidad de acometer en la Isla obras de defensa y de salvación. No creo que pueda haber duda en conceder la primacia a Sagua, pues ni los arroyos y pequeños ríos que causan las simultáneas inundaciones por otros puntos pueden, ninguno, compararse con el largo y caudaloso río Sagua La Grande, el segundo de la Isla, ni los intereses de los pueblecitos inundados son comparables a los arraigados en la plaza mercantil de Sagua; ni el número de habitantes y de propiedades es superado al que, como razón de gran peso, presenta sobre los demás a la consideración de los legisladores y del Gobierno, la Villa del Undoso. No es, pues, un egoísmo mal entendido que todo lo pidamos para acá, dejando en abandono y desamparo a los que piden con justicia iguales beneficios; es que la razón natural abona, como primordial, la causa de Sagua."
viernes, 1 de enero de 2010
Inundación del río Sagua en1906...continuación
EL PROBLEMA SUPREMO
El problema supremo que el Gobierno tiene ante la vista, no es ni puede ser otro que el de salvar a la Villa de Sagua La Grande, de futuras inundaciones.
Y como quiera que en otros parajes y lugares del territorio nacional han ocurrido al propio tiempo inundaciones causadas por el desbordamiento de riachuelos, arroyos y cañadas, como consecuencia del generalizado temporal de aguas, bueno es que haga sobre este aspecto de los acontecimientos una pequeña digresión con el fin de evitar confusiones que no deben existir.
Llaman también la atención de todos las inundaciones del Roque y del Aguacate y de otros pueblos más o menos agrícolas. Pues bien, empecemos por convenir en que dignos son sus pobladores de los mismos privilegios de salvación que para Sagua pedimos los que aquí vivimos; pero ni el Roque, ni el Aguacate; ni el Aguacate, ni el Roque, son Sagua la Grande, ni se encuentran en las particulares condiciones de la Villa del Undoso. Y voy a entrar en explicaciones.
Sagua La Grande es sin disputa, una de las poblaciones más importantes, ricas, comerciales y cultas de Cuba. Su urbanización y sus otras muchas circunstancias de ciudad, la colocan con legitimidad en el concierto de las poblaciones importantes del país y acaso de América. Hay aquí un constante y fuerte comercio de importación y exportación; grandes fábricas industriales; talleres inmensos que dan trabajo a un numeroso pueblo obrero; muchos capitales invertidos; empresas que necesitan garantías; como dos mil fincas urbanas entre las cuales pueden contarse magníficos y valiosos edificios públicos y particulares; muchas casas de comercio en las cuales tienen depositados cuantiosos intereses otras del extranjero y de plazas fuertes como La Habana.
Hay una población regulada con la existencia proporcional de clases sociales y profesionales. En la escala relativa cuenta Sagua La Grande con los centros e instituciones que dan carácter a las formaciones urbanas que merecen el título de ciudad. Los intereses que representa dentro del casco urbano, sin tener en cuenta lo rústico, ascienden en su totalidad a algunos millones de pesos y, por último, para no cansar al lector con la exposición de circunstancias, congréganse aquí el recinto urbano y en forma de vecindario, muy cerca de 20 000 almas.
¿Puede considerarse lo mismo el Roque? ¿Llega a esta altura el Aguacate? Nó. Merecen sí, tanto el Roque como el Aguacate, como todo pueblo cualquiera, que no se les relegue al abandono, por el hecho de que sean pueblos pequeños cuya vitalidad solo dependa de la vida agrícola de sus contornos. Deber de los gobiernos es mirar por la salud y por los intereses de esos habitantes, tan dignos como los de los grandes centros y por tanto derecho como el que más. Pero, no será dificil convenir en que allí en donde el peligro es mayor, y los daños son más grandes, y más pobladores lo exigen, y los intereses son más firmes y arraigados ; allí hay que llevar primero la acción eficaz del poder.
Pero hay más argumentos todavía que abonan la prioridad de Sagua para que el Gobierno se ocupe con preferencia de la suerte de este pueblo. El segundo río de Cuba, por su extensión y por su caudal, es el río Sagua La Grande, que nace en la Sierra del Escambray, y en su curso de 35 leguas recoge las aguas de varios afluentes, pero particularmente de dos que por sí solos son tan caudalosos como un río cualquiera de los muchos tenidos por importantes en el sistema
hidrográfico de Cubay desembocan en el mar. Lo que ocurre desgraciadamente en el Roque y en el Aguacate, y en Jagüey Grande, y en San Nicolás, son verdaderas inundaciones, desde luego perjudiciales y trastornadoras. Pero eso no es lo que en Sagua pasa. Aquí está el punto de confusión y el que es preciso a todo trance distinguir.
En Sagua, cuando su río se sale de cause, hay un cataclismo en toda forma y con todas sus terribles consecuencias. El inmensísimo caudal de aguas que recoge en las treinta y cinco leguas de su curso, a manera de aluvión terrible, se abalanza sobre la población en forma de torrente impetuoso y horrible que arranca casas enteras y es capaz de ejercer su prepotentísima fuerza sobre un puente de hierro de ciento ochenta toneladas de peso y que presenta pocas superficies de resistencia al empuje vertiginoso de las aguas. Cada calle de la población es un torrente prodigioso y aterrador. Esto, en que Sagua se vió en el primer tercio del siglo pasado; que se repitió con espanto y desolación el 24 de Septiembre de 1894 y que ahora, en los días tristísimos y fatídicos del 16 y el 17 de Junio se presenció de nuevo no es una simple inundación con sus lamentables consecuencias. Nó. Es la sentencia de muerte de un pueblo grande, rico, próspero, comercial, industrial, agrícola y que ya tiene caracteres propios en el concierto de los pueblos del Mundo.
Urge e interesa, pues que no se confundan los términos del problema general de desagüe y salvación de pueblos , que el gobierno tiene sobre el tapete, o que, si no lo tiene todavía, debe ponerlo sin pérdida de tiempo, Sagua La Grande es, como antes dije, una población de las más importantes y cultas de la República. Sagua La Grande, aun suponiendo que es diez leguas de circunferencia no tuviera un solo sitio de labor, una mísera huerta, vivirá siempre sin esas fuentes agrícolas de riqueza; y vivirá, digo, porque es plaza comercial con vida propia, porque es un centro de transacciones; porque es un mercado consumidor y abastecedor; porque es un puerto para las facilidades civilizantes del tráfico internacional.
Pero Sagua La Grande no podrá vivir; los capitales se retraerán mucho; sus habitantes que puedan cambiarán la residencia a otros puntos; la despoblación será inminente y la propiedad se srruinará, si el Gobierno – el Congreso y el Ejecutivo – no procuran dar el valor genuíno que tiene al problema capitalísimo de la salvación que se impetra e invierte aquí los dineros que sean menester hasta lograr que el río deje de ser una amenaza, como no lo es el Sena para París, el Danubio para Budapest, el Támesi para Londres, el Tiber para Roma, el Guadalquivir para Sevilla, y en una frase, como no lo son todos los ríos para todas las ciudades en que los Gobiernos respectivos hayan sabido defender y salvar la salud y los intereses de sus administrados.
La intranquilidad y la desconfianza, toman cuerpo. Por doquiera se oye decir de familias que emigran, de casas comerciales que entran en el período de liquidación. Yo sé de una casa de comercio por la que se ofrecían días antes de la catástrofe siete mil pesos, y el dueño hoy la da en tres mil con tal de poder marcharse de Sagua. Esto es horrible y desconsolador, y es tanto más repugnante el tener que decirlo y que en efecto se vea suceder, cuando nos damos cuenta de que el Tesoro Nacional al decir de los balances que la Secretaría de Hacienda publica periódicamente, se encuentra repleto de oro. No se deje perecer a un pueblo por la tonta vanidad de presentar ante el mundo exterior unas arcas repletas.
Pero todavía hay más recriminaciones, si cabe justificadas y que andan de boca en boca. El pueblo; y en ese concepto entiéndase que no comprendo, al uso de los politiquillos y politicastros, a la masa ignora que se lleva y trae cual manada de corderos para fines puramente egoístas y bastardos, sino al conjunto de los distintos elementos que constituyen una sociedad humana; el pueblo, repito, en sus expresiones individuales y colectivas más caracterizadas, es decir, del capital, del trabajo y del talento, hoy piensa unicamente en la necesidad de que el Gobierno no haga con Sagua lo que ha hecho con la Vuelta Abajo con motivo de la pérdida de la cosecha de tabaco. Ese pueblo observa que en las Cámaras se votan créditos fabulosos para acueductos en ciudades favorecidas por la diligencia y trastienda de sus políticos representantes, siendo así que se trata de obras de carácter municipal; que se conceden créditos inmensos para tal o cual edificio público, también en poblaciones privilegiadas con hijos que forman parte del grupo afortunado de los que dirigen la cosa pública; vé ese pueblo que no pasa una semana sin que a fulanito, a mengano, o a esperancejo se le den 5 ó 10 ó 20 ó 100 mil pesos para que los invierta en lo que le de la gana y sin que preocupe el hecho de que haya cobrado ya antes sus servicios con creces, o de que la misma circunstancia que le abona el favor recibido, la tengan muchos otros en escala más humilde. "Hay dinero para todo esto – dice el pueblo –pero falta siempre o se escatima cuando se trata de las grandes calamidades." Y hétenos con que se empieza a desconfiar de la acción del Gobierno, al que se acusa de apático y de indiferente antes los grandes males del país. Y creo en verdad que fundándose el pueblo en las enseñanzas de la historia, no va descaminado. Al siguiente día de la horrorosa inundación de 1894, el Gobierno de madrid puso a la disposición del de Cuba para atender a las primeras necesidades, la suma de $ 50 000; y los recursos de toda índole y de todas partes, llovían. Pues bien; el pueblo de Sagua La Grande no ha visto todavía al Gobierno de la República actuando.
Sagua La Grande, 22 de Junio de 1906.
Señor Director de "El Mundo" – Habana.
La inundación ha sido suficiente a producir pavor en el ánimo más templado y lo bastante arrolladora para causar los mayores estragos; pero si valor hubo para soportar con estóica abnegación la acometida furiosa del desencadenado elemento, y las medidas que con prelación se adoptaron hicieron menos sensibles las pérdidas generales, eelo ni con mucho quiere decir que se abandone el problema capital e ineludible de hacer, sobre la marcha, los estadios y obras consiguientes a evitar futuras hecatombes.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Destrucción del Casino en la inundación de 1906
...continuación de la narración de Alcover...
EL CASINO ESPAÑOLLa destrucción del Casino Español fue una realidad tristísima. Hace pocos días lucía con magnificencia las más esplendorosas galas con motivo del régio matrimonio del Rey Don AlonsoII con la bellísima princesa inglesa Doña Victoria Ena de Battenberg. ¡Cuanta diferencia hoy! Aquello es una ruina que apoca el ánimo más templado. Dá grima y desconsuelo ver la destrucción que ha sufrido el centro de los laboriosos y dignos españoles de Sagua.
Yo quise entrar hasta el fondo a verlo, a ver la Biblioteca, mi departamento: porque yo, que nunca he renegado de mi suelo, era el Bibliotecario del Casino; pero no, no entré . Vicente León, el Conserje, me dijo: “No entre Vd que se va a espantar”, y yo no entré. ¡Pensar que solamente la anaquelería costó un dineral; que era una obra hermosísima de escultura en madera; que no había otra institución de esa índole en Sagua, y se comprenderá que la acción devastadora de la horrenda catástrofe ha sido impía, infernal! Tengo para mí que de este hecho, la colectividad que allí estuvo durante 40 años, desocupará el local, y hará bien . Tendremos un edificio nuevo más y suntuoso en Sagua.
LOS ARCHIVOS
En cambio, satisfactorio es decir que los archivos se han salvado, o , por mejor decir, se han salvado los de los Juzgados de Instrucción y Municipal, el del Ayuntamiento, el de Protocolo, etc. No hay razón que justifique pérdidas en este sentido y si alguno se hubiera mojado o perdido- de lo cual no tengo noticias- la responsabilidad es pura y exclusivamente de sus encargados.
Solamente por incuria o por miedo podía haberse perdido alguno, pues con tiempo más que sobrado se avisó al vecindario, y prueba de ello es que son contadas las casas de familia que no defendieron sus muebles. Si alguna familia perdió algo o mucho, atribúyase unicamente a la falta de hombres directores en los momentos críticos. El compañero en la prensa Sr. Nemesio Alvaré, por ejemplo, ha sufrido enormes pérdidas en su casa, porque se encontraba él en Cienfuegos. Su respetable esposa, rodeada de siete criaturas por cuya salvación procuraba, llena de pánico al verse sola, a penas si tuvo valor y serenidad para mirar por sus tiernos hijitos. Ahí las pérdidas están más que justificadas y los que en el mismo caso se encontraron, dignos son también de compasión y de respeto.
Pero allí en donde hubo hombres y lejos de atender a los agrados intereses generales que les estaban confiados se fueron a “bobear” a lugares de sensación o a llorar por la mala estrella del pueblo, la responsabilidad por las pérdidas es exclusiva, y no hay justificación posible. La mayor parte de las casas de comercio se salvaron totalmente y ello se explica en el aviso oportuno que con anticipación dio el Sr. Alcalde en la misma alarma ante la seguridad inminente de la catástrofe que solo no veían los eternos descreídos que se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.
martes, 3 de noviembre de 2009
Detalles de la Inundación de Sagua La Grande en 1906
… continuación del relato, minuto a minuto, de Antonio Miguel Alcover, sobre la gran inundación del río Sagua La Grande en 1906.VARIOS DETALLES
Voy a terminar esta carta con algunos por menores ligeros.
El comportamiento de los bomberos, policía y rural, ha sido admirable y digno de recompense.
El alumbrado público tanto eléctrico como de gas, ha comenzado a prestar servicios, gracias a la actividad del gerente de dicha empresa, señor Gerardo J. Romero.
De la Isabela mandarin el 19 un tren de auxilios con embarcaciones menores.
Muchas familias salieron del pueblo en las primeras horas del día de la inundación, con dirección a la Isabela y Chinchila.
Los presos de la Cárcel fueron trasladados a la casa Ayuntamiento.
El agua no llegó al Hospital, como tampoco a un espacio reducido de Sagua, al cual, el pueblo llama, “El Cayito”, “Loma Bonita”, y “La Islita” (Céspedes y Carrillo).
El comerciante señor Pablo Sampedro ofreció pagar la mitad del importe del tren expreso que conduzca la Comisión a esa Capital.
El río no ha concluído su descenso.
Sagua La Grande, Junio 19 de 1906
Sr. Director de “El Mundo”
En mi carta anterior, referísolamente los puntos más culminantes de la catástrofe en sus momentos primeros y críticos. Voy a dedicar esta de hoy a tocar otros efectos del mal y concretar algunos puntos que es preciso pasen a la categoría de indiscutibles para que no se confundan con otros análogos.
DESGRACIAS PROPIAS
Empezaré por mí, que pluma en mano para reseñar cuitas agenas no había de condenarme a la postergación por exigencias de la tonta modestia, virtud esta que, probado está, no es la mejor amiga de la fama y de la popularidad de los hombres del día. Conozco más de una “nulidad” que ni siquiera ha posido llegar a la considereción de medianía y, sin embargo, es todo un “ilustre”. Y no digamos nada de los “virtuosos” que, por no dar la modestia al amigo periodista, se hacen su propia apología y se ensalzan a sí mismos con una san facon que causa enojo, porque esto es cosa ya que pasó a la série de los “modernismos”. Y, después de todo, el caso es natural. ¿Quién mejor que uno mismo puede conocer los méritos propios? Y si para complementar la obra humana de la auto-glorificación, está la imprenta, ¿Cuándo fueron desdeñosos con los osados las “negras hijas de Cadmo”?
Pues bien, con ese criterio por bandera, no es difícil justificar la actitud, por de contado corriente, que asumo, de no dejar en el olvido, en defecto de mis “méritos” como hombre de pró en los momentos de la inundación,”lo que he sufrido en mis intereses por hacer el papel de Don Quijote en un pueblo, por fortuna noble y digno, aunque desgraciado, sin embargo, porque lo azotan despiadadamente los elementos y lo agitan unos cuantos tipos logreros de procedencia extraña, más interesados en su bien personal que en el bienestar general.
Habiera salvado totalmente mi imprenta si hubiese sido más práctico; pero el Alcalde solicitó mi concurso desde los primeros momentos y yo, que en eso de ser “Quijote” me pinto solo, porque no en balde mi madre me llamaba cuando niño. “candil de la calle y oscuridad de la casa, “lo abandoné todo a la buena voluntad y diligencia de los míos, y aguantando agua por arriba y recibiéndola después por abajo, hasta la cintura, anduve de Ceca a Meca con la primera autoridad local en funciones, modelo de autoridad, que imitando también al personaje clásico del manco de lepanto, hizo otro tanto igual con su familia y con sus intereses.
Hubo necesidad de imprimir, como decía en mi anterior, la alocución al pueblo y no había imprenta que aceptara el trabajo. Alfert me dijo: “Alcover, hay que hacerlo; la salvación del pueblo lo demanda, etc”. Y venciendo la natural resistencia de mis operarios, digo, de los obreros de mi casa, Antonio Cotilla, Rogelio Rojo y Filiberto Alcover, a los cuales encontré atareados en la obra de salvamento de la imprenta, logré al fin que la pusieran en tipos la alocución y que tiraran tres o cuatro mil hojas volantes. Acabaron a las 10 a 11 de la mañana y se fueron los unos a sus casas y mi hermano a prestar servicios como bombero, quedando la imprenta a merced de la suerte, que me fue adversa.
-
-
-
-
-
martes, 13 de octubre de 2009
Incendios durante la inundación de 1906 en Sagua
LOS FUEGOS
Retirado estaba en la pequeña habitación que adoptamos como refugio, cuando a eso de las 3 de la madrugada oímos a uno que desde el tejado gritaban: “¡fuego!”. Era lo que faltaba. Volví al tejado, y francamente lo digo: no recuerdo conflagración mayor en mi vida. Las campanas del templo echadas a vuelo, el toque de cornetas y de pitos. Y los tiros de revólver armaron un pánico espantoso. A lo lejos y en una dirección que nos era conocida, vimos levantarse enorme columna de fuego y humo. El incendio continuaba, pareciendo el cuadro terrible que a nuestra vista se desarrollaba, al más horroroso de los que pintó Dante: la terminación del mundo. Vino a mi imaginación el espectáculo siniestro y fatídico de San Francisco de California; con la diferencia beneficiosa desde luego para los californianos, de que estos podían correr y salvarse. Nosotros no; aquí cada grupo humano estaba sitiado por una corriente impetuosa de aguas desbordadas y enfurecidas. No podíamos salvarnos; no había ni la esperanza de meterse en una embarcación y abandonarse a la suerte. Ni eso siquiera.
El fuego fue en la calle de Martí, arteria principal de la población. En el número 11 de dicha calle había un depósito de carburo, de la ferretería “La Llave”, de los señores Muiño y González, S en C. Esta substancia, al ponerse en contacto con el agua, se inflamó y produjo el incendio. Quedó totalmente destruída la casa, asícomo la fotografía de Casañas y la barbería de Paco Valdés. Las casas contiguas en que están las quincallerías “La Acacia” de los señores Julio S. Montero y Hermanos, y “La Camelia” de los herederos de Moas, sufrieron serios deterioros.
Era materiarmente imposible que los bomberos prestaran el menor auxilio. El agua por allí tenía la profundidad de metro y medio y la corriente era irresistible. Doce horas más tarde, a eso de las 4 p.m. del día 17 y cuando el agua me daba por la cintura, me atreví a llegar hasta la esquina de Martí y Solís, en donde tengo mi emprenta, y estuve a punto de ser arrastrado por la corriente, de lo cual me salvé gracias a la rapidez con que me agarré al palo de un asta bandera.
En este incendio prestaron auxilios algunos jóvenes que se habían albergado en los altos del hotel “Telégrafo”, quienes se lanzaron por los tejados y según se me asegura por los interesados o sean los comerciantes salvados del destructor elemento, se portaron como héroes. He aquí la relación de los arrestados jóvenes que me proporciona el compañero Antonio Rosales Aguila:
“Everildo y Raúl Alcover; Braulio, Manuel y Rogelio Suárez; Inocencio y Angel Echevarría, Miguel Romero, Félix Fernández, Miguel Roa, Eliseo Mederos, Prudencio Angulo, Amado Jaquet pasó un cable desde la ferretería de maribona al Hotel Telégrafo con tres indivíduos que no se conocen, sosteniendo un extremo del cable los señores Manuel R. Maribona y Mariano Ruiz. “
A eso de las 7 de la mañana del 17 y cuando el agua empezaba a descender óyense de nuevos tiros, campanas, pitos y cornetas. ¿Acaso el fuego renacia? Nada de eso. Era otro incendio: el almacén de Vías y Obras de “The Cuban Central Railways, Ltd.” Ardía por la misma causa que habían desaparecido la fotografía y la barbería de la calle Martí. La columna de humo que se divisaba desde mi observatorio en el tejado de “La Vascongada” se asemejaba a una de estas vistas fotográficas que las publicaciones ilustradas nos ofrecen de la erupción del Vesubio.
El incendio duró como dos horas, habiendo averiguado no solo que fue también imposible a los denodos bomberos prestar su auxilio, sino que, conjuntamente con el carburo, estaban algunas libras de dinamita, substancia que emplea con frecuencia la empresa en sus obras de excavaciones.
...Continúa...
-
lunes, 5 de octubre de 2009
Inundación de 1906. Tercera Parte
Narración de Alcover, minuto a minuto.ANTECEDENTES
Mis telegramas puestos en los momentos críticos, lo mismo durante la primera avenida que al iniciarse la segundoa que culminó con la catástrofe habrán dado a conocer a los lectores de “El Mundo” el proceso inicial de este hecho terrorífico y espantoso que ha dejado sumido a un pueblo en la mayor consternación.
El 24 de Septiembre de 1894 una inmensa creciente cubrió en su totalidad a Sagua, sembrando el espanto y la miseria en todos los hogares, desalentando a los capitalistas y amenazando con el aniquilamiento a una de las más importantes plazas comerciales de Cuba. El gobierno español, por un lado, y por el otro las poblaciones todas de la Isla, enviando sus auxilios, constribuyeron al reincremento del pueblo que cual nueva Ave Fénix, renació de entre sus propias cenizas. El desfile habría empezado ante el peligro constante, pero las gestiones practicadas en el sentido de evitar la repetición del ma, volvieron la confianza a los espíritus. Además, aún cuando este río crece regularmente dos o más veces cada año, por los meses de Mayo y Junio, Septiembre y Octubre, no es menos cierto que las inundaciones totales fueron raras, rarísimas, en una frase: desconocidas para los pobladores actuales. En el primer tercio del pasado siglo (1837) hubo una gran inundación que cubrió toda la llanura hasta las faldas de la Serranía de Jumagua. Desde entonces hasta llegar al 1894 solo había habido crecientes más o menos grandes, pero que tenían tan acostumbrado a este pueblo que casi las tomaba como un espectáculo para recreo de la vista. Al acontencer la catástrofe referida del 94, la conformidad, no obstante, bien pronto se apoderó de todos, pues nadie podía pensar que fenómeno tan funesto pudiera repetirse a cada rato.
Sin embargo, la prensa local no ha perdido oportunidad de hablar sobre tan vital cuestión. El que escribe, entre otros, ha emborronado muchas, pero muchas cuartillas, previendo siempre la “reprisse” de la tragedia del 94. Lo mismo que si se predicara en desierto. Pero hay que ser justos. El gobierno colonial está en parte disculpado porque a los cinco meses de ocurrir la gran inundación, estalló la revolución, y bien sabemos todos que en esta etapa de la historia de Cuba poco o nada podían importar a los gobiernos de Madrid, las desgracias de un pueblo de Cuba. La cuestión, sin embargo, como queda dicho, se ha planteado distintas veces al Gobierno de la República.
MOMENTOS DE ANSIEDAD
Con las primeras aguas de Junio, el río empezó su crecimiento adquiriendo proporciones alarmantes, pues llegó a besar el borde de la acera del portal del Casino Español, uno de cuyos frentes da precisamete al río. Pasé mis telegramas a “El Mundo” que no faltó quien calificara de exagerados, por más que ni eso valió para que viéramos que el Sr. Secretario de Obras Públicas se tomara la molestia de enviar- como pasa en cualesquiera otra de las naciones del globo – una comisión de ingenieros para que estudiara el mal.
Pero el río empezó su descenso y ya no me tomé tampoco yo el trabajo de ir por sus laderas a observar su aplacamiento. Esta actitud mía quizá sirva de justificativo al aludido Sr. Secretario que como antes digo, maldito si se ocupó de que a este pueblo se lo tragara el caudaloso Sagua La Grande. Por ventura ni leyó los telegramas, no obstante que esa redacción los encabezó con negros y llamativos titulares. Pero no recalquemos ahora la recriminación, que ya llegará el momento por sus pasos contados.
El 14 por la media noche, rompió a llover de nuevo en forma torrecial. Lo de menos sería que en Sagua estuviera cayendo agua del cielo por año corrido, pues esa lluvia no constituye ninguna amenaza. El mal está en que llueva por Santa Clara, nacimiento del río y por la zona que riegan sus afluentes. Y esto era lo peor que ocurría. Al amanecer del 15, empezó a circular la noticia de que el río venía “metiendo mucho agua”, que es la frase corriente; y tanta agua metió, que a eso de las seis de la tarde, el nivel de la superficie líquida distaba de la cama del puente solamente unos 6 pies. Empezaron a cruzarse los telegramas con la autoridad provincial y otras municipales, cuyas informaciones en respuesta eran bastantes para sembrar la alarma: llovía en todas partes, y llovía a cántaros. El río mientras tanto, seguía subiendo y el pueblo entrando en zozobra.
EL DIA DE LA CATASTROFE
Amaneció el 16 de Junio. Al despertar yo eso de las cuatro de la madrugada, sentí que llovía fuerte, abrí el postigo de la ventana de la habitación y observé un cielo cerrado, negro, muy negro por el sur. Espectador del cataclismo del 94, me dije: “malo, malo está esto”, y pronto me vestí y me eché a la calle. Fuíme al Casino, punto que sirve de anfiteatro a los curiosos y observadores y ví que el río estaba a una pulgada escasa del piso del portal. Y seguía lloviendo en la provincia y la corriente con una velocidad vertiginosa.
Dándome cuenta entonces de mi cargo de corresponsal de “El Mundo”, me dispuse a entrevistarme con el Alcalde Municipal P. S. mi querido amigo el Sr. D. Carlos Alfert y a recorrer lugares apartados de la Villa por donde también pasa el río y tiene este su comunicación con la siempre y por donde quiera que se la mire funesta laguna de Hoyuelos. Llovía a cántaros y el viento era tan fuerte que se me rompió el paraguas y el agua me calaba las ropas. A las 7 de la mañana me encontraba de regreso en el centro del pueblo. Ya no me quedaba la menor duda de que Sagua se vería inundada antes del mediodía. Aún me tropecé con incrédulos, con algunos de esos sabios que todo lo saben y nada ven que me decían que el río, cuando más, llegaría a la calle Colón. Ví el Alcalde, y vi al hombre apurado, pero confiado, sin embargo, en que acaso tuviéramos la suerte de que no se diera la repetición del cuadro terrible de 1894. Sin embargo, celoso de su cargo tomada medidas y corría de un lado para otro bajo el torrencial aguacero.
Fui al telégrafo y puse otro parte a esa publicación. Salí de la estación y me dirigí al escritorio comercial del Sr. Alfert que en aquel instante salía con la alocución anunciando al pueblo la proximidad del aluvión terrible. Tuve que llevarlo a hacer en la imprenta de mi propiedad, porque todas las demás habían desarmado totalmente sus equipos respectivos. Mis cajistas que estaban locos poniendo en salvo todo el material de la casa y que a duras penas si se desenvolvían con franqueza, porque la fuerza del viento, acompañdo de la lluvia, hacía que las puertas de la calle estuvieran cerradas, faltando la caridad tan necesaria adentro para trabajar, mis cajistas, repito, me objetaron que era materialmente imposible hacer el trabajo no solo porque era largo sino porque no había tiempo. Tuve que arengarlos casi, haciéndoles comprender que por humanidad estábamos obligados a llevar la fatal nueva al último hogar del pueblo para que la salvación pudieran por igual alcanzarla todos, les dije que la apatía característica de nuestro pueblo era causa de que muchas familias permanecieran todavía tranquilas sin que nada preparado; y por último para que no me opusieran más reparos tronché la alocusión oficial y dejé reducida a lo siguiente:
ALCALDIA MUNICIPAL
AL VECINDARIO
“El estado de la creciente del río y la continuación de las aguas, hacen presumir que de las 12 a la 1 del día puede estar inundada la Villa en todos sus lugares.”
“Los vecinos deben elevar sus muebles, efectos y todo cuanto tenga algún valor, a la artura que sea necesario.”
“Es así mismo oportuno que se vayan colocando las familias en los lugares que cada cual elija para evitar atropellos siempre perjudiciales. También cada familia debe adquirir víveres para 24 horas por lo menos.”
“Cada familia debe tomar del Acueducto y de los algibes aún no inundados, agua para dos días, economizándola todo lo posible.”
“Por último, si por desgracia las aguas cubrieran todo el pueblo, todos deben dar muestras de calma y serenidad que es lo que en las grandes ocasiones evita mayores peligros.”
“Esperamos en la Providencia que todas estas indicaciones sean innecesarias y tengamos todos calma y valor para soportar la adversidad.”
“Sagua La Grande, 16 de Junio de 1906
El Alcalde P.S.
Carlos Alfert”
A las 12 del día, la banda de cornetas del benemérito cuerpo de Bomberos del Comercio, por órden del Alcalde, empezó a tocar “sálvese el que pueda”, y aquello fue entonces atroz. Habría que ver como corría el pueblo de un lado para otro, buscándose los unos a los otros, procurándose lugar de salvación, proveyéndose de víveres los que podían o eran previsores, y contratándose carpinteros y peones por todas partes para el salvamento de muebles y efectos. A todas estas lloviendo a cántaros, porque el agua no cesó ni un momento. La hora del pánico general había llegado.
LAS AUTORIDADES
El señor Alfert cumplió como bueno. En la calle constantemente, dictaba por momento órdenes de carácter general y verbales. Le auxilié en cuanto pude como secretario particular que me hizo en esta agitación. La comunicación telegráfica con el señor gobernador civil, era constante. La autoridad provincial estuvo dignísima y merece caluroso aplauso. Todas las miradas de la muchedumbre arremolinada en la calle de Martí a la vista del puente, esperaba de un momento a otro la caída de la monstruosa superestructura férrea; pero el Alcalde, previsor, mandó a unos abnegados obreros a que destruyeran las barandas, a fín de evitar que al detener estas las empalizadas arrastradas por la impetuosa corriente y servir de obstáculo o contén al agua, fueran a ser la causa de un derrumbamiento. El agua ya batía el costado del puente y seguía subiendo amenazadora.
Invitado atentamente por el señor alcalde municipal, fuimos en coche, acompañados de otras dos personas, a recorrer la población, visitando la casa Ayuntamiento, la cárcel, el hospital,las estación de ferrocarril, plaza de mercado, el rastro y, en una frase, las calles todas de la Villa. Cuando recorríamos ese trayecto, ya el pueblo empezaba a inundarse. En la calle de Colón, a dos cuadras del “paso” entramos con el coche hasta donde el agua nos llegaba a 6 pulgadas del asiento, para recoger a una anciana y un niño que valerosamente trataban de salvar unos bomberos. Recorriendo constantemente las calle sestuvimos, metiéndonos inclusive en lugares peligrosos, hasta las cinco de la tarde, hora en que cansada la bestia que arrastraba el vehículo y sitiados por el agua, decidimos ponernos a salvo. El alcalde tomó el caballo de un vecino y se echó al agua y yo me fui al alto interior del establecimiento de víveres y panadería “La Vascongada”, sita en la calle de Solís esquina a la de E.J. Varona en donde ya tenía desde las once de la mañana en salvo a toda mi familia.
Al llegar a este punto no resisto el deseo de hacer una pública demostración de gratitud a los dueños de dicha casa comercial, señores Médez, Azpiaza y Compañía, que se colocaron a una altura envidiable, colmándonos a todos los refugiados en su casa, de infinitas atenciones y haciéndonos menos sensible la desgracia, pues pusieron su cocina, su tienda y sus personas y las de sus dependientes a la disposición de todos sin cortapisas de ningún género. Igual hicieron después cuando a las puertas de la casa “atracó” un bote tripulado por unos atrevidos vecinos que venían en busca de víveres para los salvados en la casa escuela Machado.
LA INUNDACION.
A las cinco y media de la tarde, Sagua estaba bajo las terribles y enturbiadas aguas del Undoso.
A las siete de la noche había una vara de agua en el patio de “La Vascongada”.
Lo demás que ví durante la inundación, lo vi desde el tejado de la casade los señores Méndez, Azpiazu y Compañía.
La noche iba entrando, obscura y lóbrega, en tanto que el agua, con una corriente intensísima y arrolladora y produciendo un ruido de torriente despeñado, sembraba el espanto de todos los semblantes. Para calmar la nervosidad, natural de las mujeres, teníamos que mentir y decir que empezaba el descenso cuando con más rapidez crecía el furioso elemento.
Nada hay más aterrador que el espectáculo de una inundación en medio de una noche lluviosa y obscura. Tanto el alumbrado eléctrico como el de gas estaban interrumpidos y para colmo de desgracia,el acueducto no funcionaba . Desde el tejado a donde me subí, quise ver algo; pero ¡quiá!. La obscuridad era aterradora y el ruido monótono del agua chocando con fuerza contra los obstáculos, causaban un efecto infernal.
Continúa la narración de Alcover…
sábado, 18 de julio de 2009
El ciclón del 33 según otro testigo
El Ciclón del 33
Cronista: Jorge Rodríguez Peñaranda
Contado en 1978
-
En mi casa, cuando era niño, mis padres y mis tías me hablaron muchas veces del ciclón de 1888. Los de su generación guardaban amargos recuerdos de los estragos causados por aquel huracán que afectó a toda la comarca sagüera y causó graves daños en la propia Sagua y también en la Isabela. Aquellos relatos databan por entonces de casi cincuenta años y la pesadilla de un ciclón era algo tan remoto que en Sagua se pensaba que jamás volvería a suceder algo similar. Y así, por no prestar temprana atención a los avisos del Observatorio del Colegio de Belén, la población de Sagua y de la Isabela fue tomada por sorpresa por el violento temporal que azotaba a toda nuestra zona en la madrugada de día 1ro de Septiembre de 1933.
Desde hacía días se había ido formando una de esas tormentas tropicales que son frecuentes en el Mar Caribe desde Junio hasta Noviembre. A pesar de la limitación de los medios de comunicación masiva de la época –cuando apenas se iniciaba la radio comercial y eran escasos los receptores en uso- la prensa diaria publicaba los boletines que emitían el P. Gutiérrez Lanza desde Belén y el ingeniero Millás desde su atalaya en la colina de la Cabaña.
La víspera del infausto día, los periódicos informaban que el ciclón se hallaba en las cercanías de las Islas Turcas y no representaba peligro inmediato para Cuba. Pero aquel meteoro, cual valeidosa damisela, súbitamente cambió su derrotero, inclinándose hacia el sudoeste. En la tarde del 31 de Agosto se recibieron en Sagua y en la Isabela avisos de inminente peligro emanados de los dos observatorios. “De mantener su rumbo actual-decían aquellos boletines-el ciclón podría afectar esta noche las costa norte de las provincias de Camagüey y Santa Clara”.
Recuerdo que mi padre, al regresar a casa aquella noche a las siete procedente de la Isabela, nos informó que Heriberto Manero que suministraba datos del tiempo como observador al Ing. Millás, había recibido un telegrama avisando sobre la creciente amenaza del huracán e igual había sucedido en el Colegio de los Jesuítas donde también se recibiera un mensaje urgente del Padre Gutiérrez Lanza. Mi padre, a la sazón administrador de la firma García Beltrán en la Isabela logró proteger aquella tarde dentro de la desembocadura del río una parte de la flota transportadora de azúcar –lanchas, patanas y remolcadores-salvándola así, como se vió después, de una segura destrucción. Pero en Sagua y en la Isabela pocos prestaron atención a aquellos conminatorios avisos. En Cayo Cristo muchas familias veraneantes hicieron caso omiso de la advertencia y sólo unos pocos regresaron a tierra firme aquella tarde.
El tiempo, por otra parte, estaba extrañamente tranquilo y bonancible en las horas tempranas de aquella noche de luna llena y nada presagiaba la inminencia del peligro. Pero a medida que nos fuimos adentrando en la noche, las condiciones del tiempo se fueron deteriorando dramaticamente. Cundió entonces el pánico y las autoridades organizaron con urgencia trenes de auxilio para evacuar hacia Sagua la población de la Isabela, que entonces contaba con unos 4 o 5 mil pobladores. En la mente de todos estaba muy presente la catástrofe provocada por el ciclón que había arrasado a Santa Cruz del Sur en Camagüey escasamente un año antes.
Por la madrugada, cuando por todas partes se escuchaba el insesante claveteo de los que así aseguraban puertas y ventanas, ya el huracán azotaba con furia a Sagua y la Isabela. Tan intensa era la fuerza del ciclón cuando lograron llegar a Sagua los últimos trenes de auxilio, consistentes en su totalidad de casillas de carga, que la mayoría de los evacuados tuvo que permanecer refugiada en la propia estación de ferrocarril y apenas unos pocos lograron aventurarse hasta el Hotel Telégrafo, a una cuadra de distancia. Otro grupo, más osado, logró refugiarse en el macizo edificio de la Parroquia. Ya no había fluído eléctrico y la furia de los elementos desencadenados se ensañaba con Sagua.
En nuestra casa de Carmen Ribalta volaron tempranamente las tejas del techo y comenzó a llover dentro tanto como afuera. La noche se fue llenando con el horrísono alular del viento que soplaba ferozmente y con el estruendo de los destrozos. Avanzando la madrugada, bajo lo más intenso del huracán, los refugiados en la estación y en el Telégrafo contemplaron horrorizados el devastador incendio que redujera a cenizas “El Brazo Fuerte”, el tostadero de café de Morón y Cía, situado al otro lado de la calle, en la esquina de Martí y Calixto García.
Con la llegada de los primeros albores del día, la intensidad del vientopareció amainar: era el paso del vórticeque según se pudo determinar más tarde, cruzó por la bahía de la Isabela, entre le poblado y Cayo Cristo. Después de las 6 de la mañana, el viento fue cediendo definitivamente y el ciclón se fue alejando de Sagua y sus alrededores. Poco a poco comenzamos a asomarnos a la calle y mi padre, angustiado, salió en busca de noticias sobre las familias de sus cuatro hermanos, residentes en la Isabela, a quienes algunos conocidos que acertaron a pasar, informaban haber visto en los trenes de auxilio en la estación o en el Telégrafo.
Y aquella mañana, mientras la lluvia no cesaba de caer como secuela del paso del ciclón, las calles de Sagua obstruídas por doquier por los árboles desarraigados, el tendido telefónico y del fuído eléctrico en el suelo y los montones de escombros causados poe el azote del temporal, se fueron poblando con los rostros angustiados de los isabelinos que buscaban algún refugio, sin noticias sobre la suerte corrida por el marítimo barrio. En nuestra casa hallaron acogida decenas de familiares, amigos y conocidos de mi padre a quienes fue preciso acomodar como se pudo, mientras se intentaba alimentarlos lo mejor posible.
Y surgió en aquella pobre gente, la urgente necesidad de saber que había sucedido en la Isabela, pues eran muchos los rumores, todos desoladores. Finalmente en la mañana del día 2, mi padre y mi tío Juan en unión de otros familiares y amigos, decidieron viajar a la Isabela por carrtera, que a pesar de los obstáculos, era de momento la única vía transitable. Con mil trabajos y tras largas horas de azaroso viaje lograron llegar un poco más allá de las salinas de Reguera y dejando allí el automóvil, continuaron andando. Ya en el pueblo, a partir de las Carboneras, el avance se les hizo aún más penoso, trepando sobre verdaderas montañas de escombros que aparentemente era todo cuanto quedaba de la Isabela. Y así atravesaron el pueblo y llegaron hasta la Punta.
La Isabela había sufrido duramente. Casi todas las casas y almacenes construídos sobre el mar entre la Aduana y el Hotel Miramar habían desaparecido. La enorme goleta “La Rafaela” había destrozado el puente de acceso a la Aduana y reposaba casi en el centro del parque, al otro lado de la Carrilera. La Escuela, el Teatro Capitolio y el Círculo Isabelino, situados frente al parque también habían desaparecido. En los almacenes de azúcar la destrucción era casi total: los pocos que habían quedado en pie habían perdido su techumbre y las contínuas lluvias empapaban despiadadamente el azúcar allí almacenada. La flota pesquera y la de transporte de azúcar había sido virtualmente arrasada por el mar. Un enorme barco de carga de bandera extranjera, al romper sus amarras había ido a encallar en Cayo Levisa, en el centro de la bahía. Y es que el ras de mar que provocara el paso del ciclón había hecho subir el nivel del agua a una altura increíble, como se pudo determinar por las huellas que dejara en su subida.
En el centro de Sagua los daños materiales no fueron tan violentos debido a la mayor solidez de las construcciones y a la contigüidad de las casas que les permitió defenderse mejor del vendaval. En el Parque de la Libertad habían caído a tierra dos de sus esbeltas palmas reales y el enorme mamoncillo del pario del Liceo, arrancado de raíz, reposaba sobre la calle Carmen Ribalta. Los centrales azucareros de la jurisdicción –Resulta, Santa Teresa, Corazón de Jesús, Resolución-habían sufrido cuantiosos daños. El Teatro Principal había quedado sin techo, pero los daños eran más graves entre las construcciones más humildes de Villa Alegre, Coco Solo y el Barrio San Juan. Uno de los edificios más afectados fue la iglesia del Colegio de los Jesuítas, que al perder también su techumbre, redujo a escombros el interior del templo, aunque los altares con sus imágenes se salvaron con escasos daños.
En los días subsiguientes se fue retornando gradualmente a la normalidad y comenzaron a llegar a la Isabela los cadáveres de las víctimas de Cayo Cristo que pudieron ser recuperados. A la mayoría se los llevó el mar para siempre y apenas un puñado logró sobrevivir milagrosamente aquella noche de horror. Años más tarde la comunidad sagüera quizo recordar la tragedia de Cayo Cristo y se erigió sobre la roca desolada una imponente cruz de piedra que recogió los nombres de los treinta y cuatro seres humanos que la muerte se llevó aquella noche de trágica recordación.
A los pocos días del paso del ciclón, cuando ya los isabelinos habían regresado a los que quedaba de sus hogares, una tarde surgió en Sagua un rumor que como reguero de pólvora se extendió por la población: ¡se rompió el dique! Durante horas la población despavorida corrió a buscar refugio en los edificios altos, ante el temor de que las aguas del Undoso, sin el freno del dique que reprimía sus acrecidos impulsos, inundara las calles del pueblo. Por fortuna, aquello no pasó de ser una falsa alarma y aquella noche todos dormimos tranquilos.
Por aquellos días y como consecuencia del paso del ciclón, Sagua y la Isabela recibieron la visita del Presidente Carlos Manuel de Céspedes que había asumido la máxima magistratura de la nación apenas dos semanas antes, a la caída del régimen de Machado. Estando Céspedes en Sagua se produjo en el Campamento de Columbia el día 4 de Septiembre el golpe de los sargentos que derrocó su gobierno y surgió un hombre, Fulgencio Batista, cuya sombra habría de proyectarse sobre la vida cubana por más de 25 años.
De la violencia e intensidad de aquel huracán quedó constancia en la cinta barométrica del equipo instalado en el Colegio de los Jesuítas que llegó a bajar hasta 711 milímetros. Es de presumir que en la Isabela bajara aún más. Así el ciclón del 33, que también afectó a Caibarién a Cárdenas y toda la costa septentrional de Cuba comprendida entre las ciudades, ha pasado a la historia como uno de los tres temporales de mayor intensidad que afectaron a Cuba hasta aquella fecha.
Por la desolación que dejara a su paso, por los enormes daños materiales que causara, por la irreparable pérdida de vidas que produjo en Cayo Cristo y por haber estado relacionado con un suceso de extraordinaria trascendencia en la historia de Cuba contemporánea, el ciclón de 1933 llena un capítulo triste en la propia historia de Sagua. En un acontecimiento que jamá olvidaremos los que aquella madrugada nos vimos expuestos a la furia de los elementos desenfrenados.
-
-
"Unico Canal de U.S.A. con vistas de la Villa del Undoso desde 1995"
miércoles, 8 de julio de 2009
Huracán # 5 de 1878
En la madrugada del 7 de Septiembre de 1878, viniendo por debajo entre Calabazar de Sagua y Cifuentes, pasa por la zona sagüera el huracán # 5 de la temporada como una Tormenta tropical con rumbo Norte (ligera inclinación al Noroeste).
Este afectó también a Isabela de Sagua y los cayos.
(incluyendo a Cuba, claro está) al siguiente correo:
-
Revista El Saguero, 3672 SW 25 St, Coral Gables, FL 33133, U.S.A.
Por favor, un solo ejemplar por pedido.
"Unico Canal de U.S.A. con vistas de la Villa del Undoso desde 1995"
lunes, 15 de junio de 2009
El ciclón del 33 según los testigos
El Ciclón del 33.
Cronista: Dr. Marco Antonio Landa.
Contado en 1976
¿Qué recuerdos puede conservar en su memoria una persona, después de transcurridos más de 40 años, sobre los detalles de una gran catástrofe que se abatió sobre el pueblo en que vivían? Claro está, que el ciclón que azotó a Sagua la Grande la noche del 31 de Agosto y amanecer del primero de Septiembre de 1933, no puede clasificarse como catástrofe al modo como lo fue el gran temblor de tierra que asoló a San Francisco en 1906, o la erupción del Vesubio, o el ciclón “Flora”. Pero lo cierto es que aquellas horas interminables en que el viento sopló con fuerza destructora sobre toda la zona de Sagua, constituyó para mí un acontecimiento insólito, que en mi infantil imaginación adquirió inusitados caracteres de una gran catástrofe.
Los hechos básicos que recuerdo son los siguientes: estábamos en pleno verano, la estación de los grandes calores y las visitas a la playa; los deliciosos baños de mar en la Isabela, en la Punta, con Manuel (de quien ya he hablado en otra oportunidad) cuidando las instalaciones y vigilándolo todo, el sol quemante, el viaje azaroso en pobres “guaguas” que daban tumbos por una maltrecha carretera. (En Chile se les llama “guaguas” a los niños muy pequeños). Pero era la gran diversión, el contacto con el sol y el aire vivificante, la arena de la playa y los juegos al aire libre. Días antes del ciclón, alguien nos había dado un pequeño paseo en bote de remos por los alrededores del puerto, sin alejarnos mucho de la costa, por supuesto. El viaje terminó para mí, como de costumbre, con un mareo terrible. El vaivén de las olas siempre ha alterado el equilibrio de mis centros nerviosos. He resistido mejor los vaivenes de la vida, aunque estos, gracias a Dios, han sido menos violentos que aquellas olas saltarinas e inquietas.
El día 31 de Agosto no fuimos a la Isabela. Ya la atmósfera no parecía igual. Se barruntaba algo y no mucha gente se atrevió a ir a la playa. Sin embargo, los temporadistas continuaban disfrutando de las delicias del verano. En Sagua tuvimos algunos chubascos y las noticias, recibidas a través de frecuentes telegramas procedentes de La Habana, daban cuenta de la presencia de una perturbación ciclónica cerca de Cuba. No obstante, el peligro no parecía inmediato. Recuerdo, que con posterioridad oí decir a Rubé Badía que el capitán de un barco inglés, anclado en la Isabela, había advertido a las autoridades del eminente peligro y se había hecho a la mar para “cortar los vientos” antes que estos destrozaran su nave atracada al muelle. La gente de mar tiene fino el instinto y el navío sorteó bien los obstáculos de la naturaleza.
Las primeras horas de la noche nos mostraron un cielo estrellado, sólo opacado a veces por unas nubecillas bajas que se deslizaban veloces por la pista del firmamento, y que hacía dificial, para los no versados en meteorología, pensar en la inminencia de una alteración violenta de la calma habitual de las fuerzas naturales. Bien recuerdo las estrellas de aquella noche. Aun no conocía a Benavente, ni su “Los intereses creados”, pero huviera suscrito sin reservas sus versos famosos: “la noche ha prendido sus claros diamantes / en el terciopelo de un cielo estival”. Desde el balcón de mi casa –Céspedes, frente a “El Titán” (entonces “Casa Rey”) – se contemplaban en toda su infinita belleza y luminosidad. A pesar de las estrellas, a esa hora se sabía ya que la evacuación del pueblo de la Isabela había comenzado. Las calles hormigueaban de familias enteras que habían huído de una ras de mar, que efectivamente se produjo. (En otras partes se le llama “maremoto”. El mar se retira, en un silencio ominoso hasta una distancia increíble; después retorna, rugiendo como una bestia acorralada, y barre despiadadamente con cuanto encuentra a su paso, pues no se resigna a ocupar el lecho que ha dejado temporalmente vacío y avanza como queriendo desquitarse de todo el tiempo perdido mientras respetaba los linderos naturales de la costa).
En el edificio Beguiristaín, altos del Almacén Martínez, encontraron albergue muchas de aquellas familias. Las iglesias, las sociedades de recreo, los demás edificios públicos, se encontraban también atestados. La atmósfera comenzó a enrarecerse y al filo de la medianoche ya el viento soplaba con furia. Nos refugiamos en la escalera del edificio, junto con la familia del apartamento vecino, mientras se apuntalaban puertas y ventanas para que pudieran resistir la acometida del viento. Más tarde comprobaríamos que toda la cristalería de la parte superior de las ventanas de los balcones se había quebrado y que el agua había inundado las habitaciones del frente; las del fondo no habían sufrido nada, tal vez protegidas por las altas paredes de los edificios colindantes. Después de las primeras horas de angustia e incertidumbre tuvimos vagas noticias de un incendio que resulto ser el que destruyó por completo el tostadero del Café de Morón “El brazo fuerte”, situado en Calixto García y Martí. Por fín, temiendo que el viento nos acorralara en aquella escalera y pereciéramos todos aplastados, aprovechando un breve período de calma ( tal vez el vórtice del ciclón) nos trasladamos por la casa vecina, la imprenta de Armando Alvarez.
A las seis de la mañana la tempestad comenzó a amainar. A las siete había cesado pro completo.
De los acontecimientos porteriores a aquel día, los recuerdos son bien claros: la triste noticia de la tragedia de Cayo Cristo, donde perecieron, entre otros, dos compañeros de colegio, los hermanos Velazquez, y a la cual sobrevivió mi gran amigo Pascualito Pérez ; aquellos días interminables en que todo era confusión (recuérdese que además, acababa de ser derrocado el régimen del Presidente Machado); las gentes en las calles, isabelinos que no se decidían a retornar a sus casas, tal vez porque muchas de éstas ya no existían, barridas por el ímpetu incontenible del mar; las “cocinas económicas”, donde largas colas de vecinos esperaban pacientes la ración alimenticia que aliviaba la escasez de recursos; pospuesto el inicio de las clases y la iglesia del colegio totalmente destruída por el ciclón y por fín, las largas noches a oscuras, ya que el viento había arruinado los tendidos de energía eléctrica.

Cuatro díaz después ( y esto lo recuerdo por haberlo oído en mi casa, ya que el hecho escapaba a mi directa observación) supe que el presidente provisional de la república, Carlos manuel de Céspedes estaba en Sagua examinando los daños y visitando a los damnificados del ciclón. Se encontraba en el hotal Sagua , cuando, a la pálida luz de faroles y quinqués, un sargento de la Guardia Rural se acercó a él y con todo respeto, pero con gesto conminatorio, le comunicó que tenía órdenes de conducirlo inmediatamente a La Habana. El golpe militar del 4 de Septiembre se había consumado y comenzaba para Cuba una nueva etapa de su historia.
La revista se puede pedir gratis desde cualquier parte del mundo
(incluyendo a Cuba, claro está) al siguiente correo:
-
Revista El Saguero, 3672 SW 25 St, Coral Gables, FL 33133, U.S.A.
Por favor, un solo ejemplar por pedido.
Revista "El Undoso"
Revista "El Undoso"
Para subscribirse a la revista debe llamar a:
Raimundo "Napoleón" Quintero (305) 383-9416
Y para comprar un TOMO, que reune las revistas de un año completo:
Don Juan Barturen: (305) 266-5031 (6865 SW 19 St, Miami FL 33155)
Revista "El Sagüero"
Revista "El Sagüero"
Programación en Español del Canal 17
Colecciones
Museo Privado



